sábado, 29 de agosto de 2020

El que pierde, gana.

Josémanías (Martínez Clares, 2014)


No ha tardado en descubrirme. Normal. Estamos los dos solos en la plaza y eso me convierte en una presa fácil. Aun así, he tenido tiempo de hacerle tres fotos. Clic. Clic. Clic. Soy un tipo rápido cuando aprieto el gatillo. Tres. Qué remedio. En las dos anteriores, Josemanías tenía un mal gesto. Uno de esos gestos que sólo nos permitimos cuando nos creemos a salvo de todas las miradas. Una queja callada. Sí. Un pedirle explicaciones a alguien que no suele darlas. Algo así. Pero la tercera es diferente. La tercera me gusta. Me gusta sobre todo que, al verme, haya relajado su mirada. Casi parece que vaya a sonreír al objetivo. Tal vez, Josemanías, como cualquiera de nosotros, esconda tras sus excentricidades una pizca de vanidad. De repente, me siento algo ridículo: estoy en cuclillas, a veinte metros de él, buscando un ángulo bajo que aumente el dramatismo de una escena que, la verdad, carece de dramatismo: Josemanías en la plaza. ¿A quién podría interesarle? Me levanto. Me acerco. Somos vecinos de la Percheles. De toda la vida. “Frutos”, le digo al llegar. Tengo esa costumbre desde la infancia, la costumbre de nombrarle por su apellido, como cuando escuchaba a mi amigo Fran llamarle así, con una mezcla perfecta de ironía y afecto. Frutos. Él tampoco me ha llamado nunca por mi nombre. Al señalarme, rememora a mis ancestros. Recorre una a una todas las ramas de mi árbol genealógico. Eso hace: irse por las ramas. Me dan ganas de celebrarle con un “¡qué bien vives, José!”, pero me arrepiento. No quiero que me responda con un “¡pues vive tú igual!” como el que les soltó indignado a aquellos viejos de la fuente que pretendían afearle su conducta. Le miro. Me mira. Y nos callamos. El mundo se acaba. Eso susurran sus ojos. En cinco o seis años habrá muerto, y yo desempolvaré esta foto para ponerla en la revista del pueblo, y la narraré en presente para sentirlo vivo y poder dedicarle unas líneas. Y, de alguna forma, lo añoraré. Añoraré a Josemanías y a todos los tipos entrañables que deambulan por las calles de Gor rondando los márgenes de la sensatez. Pero mientras llega ese miércoles de un mes de enero de 2020, Josemanías sigue dejando correr la mañana en la plaza del pueblo y, parapetado detrás de nuestro silencio, quizás piense que la vida debería regirse por las mismas reglas que pactaron para las partiditas de cartas que echaba con el poeta Antonio Agudo en el Hogar del Pensionista, porque la vida sería más justa si también pudiese jugarse a “el que pierde, gana”.


Publicado en la revista Puerta de la Villa. Agosto de 2020.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Presentación de Arteratura

Manuel despierta el día que ha señalado para acabar con su vida y la de su esposa. Así, con una mortecina concesión a la esperanza, comienza uno de los relatos de Arteratura, el libro que aglutina las historias que Fernando Martínez López ha urdido durante años alrededor del mundo de la literatura, la música y el cine. El día que ha señalado para acabar con su vida y la de su esposa. Sólo los grandes narradores se atreverían a comenzar un relato de esta manera, me refiero a comenzarlo tan cerca de su desenlace, a comenzarlo justo antes del momento exacto en que se aproximarían a esa historia de muerte y redención los telediarios, los tertulianos de medio pelo y los grupos más beligerantes de Facebook, a comenzarlo en el momento decisivo, cuando ya parece que sea imposible para los personajes echar el freno y dar marcha atrás. Pero Fernando sabe muy bien lo que hace. Fernando domina la estructura y el ritmo de sus narraciones, y es consciente, además, de que nada resulta más efectivo que plantarse ante el lector y espetarle lo que va a suceder, espetárselo como queriendo decirle: “Esto es lo que hay. Intenta evitarlo”. La verdad lo es aunque duela. Lo es aunque en realidad se trate de una ficción que nace de esas otras ficciones literarias, cinematográficas o musicales que han marcado la trayectoria vital de Fernando. Porque nuestras vidas suelen tener su banda sonora, y su álbum de fotogramas imborrables, y sus páginas marcadas a lo largo de todos los libros que hemos leído y que han hecho de nosotros, de alguna manera, lo que somos. Y también lo que nunca vamos a ser. 
De Fernando Martínez López, por ejemplo, conocemos algunas cosas porque él mismo se ha encargado de que las sepamos. Veamos. Que nació en Jaén a mediados de los sesenta pero que se vino siendo niño a Almería, donde con los años se doctoró en Ciencias Químicas. Que en su juventud fue un dignísimo saltador de triple salto. Que tuvo sus escarceos como docente en la Universidad de León y que, de regreso a la ciudad celeste, terminó ejerciendo de profesor de Química en un instituto de la capital. Que ha publicado artículos de divulgación científica en revistas especializadas. Que es miembro del Instituto de Estudios Almerienses y de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y que participa en el Circuito Literario Andaluz del Centro Andaluz de las Letras. Que el Parque Natural de Cabo de Gata es el Parnaso donde se cita habitualmente con las musas. Se ve que las suyas no son tan escurridizas como las mías. Que muchos de sus relatos y novelas han obtenido premios en los más variopintos lugares de nuestra geografía y en certámenes de muy distinto pelaje -destacan sobre el resto, a mí modesto entender, el XXXIII Premio de Novela Felipe Trigo que obtuvo por su libro “Tu nombre con tinta de café”, y el haber sido finalista del XVI Premio de Novela Fernando Lara con la obra “Tiempo de café y cenizas’-, siendo en la actualidad, probablemente, el narrador almeriense más leído. Todo esto lo sabemos porque Fernando, por diferentes medios, nos lo ha contado. 
Pero hay otras cosas de Fernando Martínez López, tal vez las más importantes aunque carezcan de importancia, que he descubierto durante los días previos a este acto leyendo Arteratura. Gracias a este conjunto de relatos sé que Fernando quería mucho a nuestra querida Pilar Quirosa – Cheyrouze, pues a ella le dedica el libro; que al cine le debe gran parte de sus días de vino y rosas, y su bueno y su feo y su malo, y algunas de esas noches de lluvia negra que todos padecemos tarde o temprano, y la capacidad de gritar ante la adversidad que la vida es bella; que para él las calles de nuestros pueblos no serían lo mismo sin un músico callejero que llevarse al oído y que muchas de las ciudades que transita darían la vida por poder tararear su propia Strawberry Fields forever o, llegado el caso, alguna de los Doors que no resultase en exceso pretenciosa; que su vida de lector -es decir, la vida- pudo cambiarle por completo cuando se encontró a una mujer emparedada entre las páginas de un libro, o cuando descubrió a un caballero de triste figura luchando contra los gigantes que todos hemos consensuado llamar molinos, o cuando aquel gran amor, al que un aparcero decimonónico esperaba ante el altar en la madrugada del cortijo del Fraile, huyó ante sus narices dejándole el aroma de la tragedia prendido a la yema de los dedos. No pretendo destriparles el libro de Fernando, pero sepan ustedes que en sus páginas van a encontrarse con el Noi del Sucre, con el fondo Kati, con Cortázar, Muñoz Molina, Hemingway, Tolstói y Federico, con Eastwood, Benigni, Braschi y Lennon, con Morrison, Dylan, Beethoven y Morricone. Todos ellos les mirarán sin disimulo desde las mismos renglones en los que Manuel se despierta el día que piensa acabar con su vida y la de su esposa, y todos ellos defenderán su huella en este libro de historias varadas en Almería, y todos vivirán para siempre -si les dejan- en estos párrafos llenos de besos, renuncias, desahucios y recuerdos, párrafos -como bien escribe Fernando- tan emocionantes como el rumor de las olas en una playa que se ha frecuentado de niño.

Por José Luis Martínez Clares


jueves, 16 de enero de 2020

Regresos a Argónida

Como quien regresa a los parajes mitológicos de Argónida, he regresado de nuevo a "Páginas señaladas" (Círculo Rojo, 2017), el último libro publicado por Florentino Javier Ramírez Villalba, poeta que llegó a Almería hace milenios con una libreta cargada de versos bajo el brazo. Tal vez no lo conozcan porque Javier es uno de esos pocos imprescindibles que nunca ha ambicionado hacer demasiado ruido. Lo suyo es, simplemente, la poesía. Por eso, siempre tengo a mano alguno de sus libros y él -que lo sabe- me dedica de vez en cuando un poema. Este que nos ocupa parece que tuvo su origen en algún desencuentro literario, pero yo recojo una vez más su guante de tinta porque no concibo nada más emocionante que estar en las páginas de un libro que no has escrito tú mismo. Gracias.

miércoles, 15 de enero de 2020

El repartidor de niebla


Este artículo lo publiqué en el número especial de la revista literaria “Puerta de Purchena” dedicado a Pilar Quirosa – Cheyrouze, de cuya muerte se cumple un año.
Pilar Quirosa - Cheyrouze. Foto: Martínez Clares.
Los partos son un capricho de la biografía: que uno nazca, por poner el caso, en el Tetuán del medio siglo; que tu nombre descanse sobre un pilar indestructible; que algunos de tus apellidos se peinen a lo garçon; o que tengas que llegar hasta un rincón de un país arrinconado para iluminar todas sus sombras con la luz de tu palabra, lo confirman. Por eso, desde aquel primer aliento africano el porvenir tuvo que aliarse con el azar para que Pilar Quirosa-Cheyrouze acabase siendo, con el tiempo, una poeta de la ciudad celeste. Pilar ha sido -disculpen si, como a mí, les resultan odiosas algunas formas del pretérito- una luz en esta ciudad de la luz. Ha sido una luz sin haber tenido nunca la vocación de serlo, sin haberse alistado en corriente alguna ni haberse bebido los posos de todas y cada una de las generaciones a las que ha sabido sobrevivir, sin necesidad de controlar los medios ni de echar las redes ni de ensayar su inenarrable sonrisa ante el espejo. La sonrisa de Pilar siempre estuvo en su mirada. Y, para eso, no hay ensayo ni método ni Stalisnavsky que valga. Tiene gracia que, sin haberlo pretendido nunca, Pilar Quirosa-Cheyrouze haya marcado la vida literaria de nuestra ciudad durante los últimos lustros. Tiene gracia porque Pilar nunca conoció el divismo. Tampoco lo buscó. No se puede buscar lo que no se conoce. La especialidad de Pilar, en cambio, siempre fue el amor humano. El amor por los errabundos, por los náufragos y por las causas perdidas que, por cierto, son las únicas que a todos nos conciernen. Pero más allá de su poesía social, comprometida y humanista, yo, como otros muchos, tengo que agradecerle en primera persona su capacidad de entrega a los demás. ¿Quién se acordará ahora de nosotros? ¿Quién nos llevará de la mano a todas partes, nos reunirá y pondrá nuestros versos frente a frente? ¿Quién presentará nuestros libros y nos dedicará unas líneas en la prensa? ¿Quién de entre vosotros hará tanto por nosotros sin pedirnos nada a cambio? Llevo a cuestas la certeza de no haber estado nunca a la altura de las atenciones de Pilar, de no haber sabido responder a su asombroso amor humano. El amor como antídoto contra el veneno de la vanidad. A ese amor dedicó Pilar Quirosa-Cheyrouze toda su vida y, por vergüenza torera, toda su obra. A ese amor que en ella discurrió sin arquetipos ni fronteras, libre como un viajero que surcase el tiempo de los momentos inolvidables, de los relámpagos de la memoria, de los instantes eternos que subsisten -todavía, y ya para siempre- asociados a una canción, a una mirada o a una luz. A su luz. Nuevamente. A su luz que reinaba sin trono en la ciudad republicana de la luz. Tal vez por eso Pilar llenó, desde un principio, sus poemas con imágenes enamoradas y, por ende, también su lenguaje se enamoró de la memoria y de la desmemoria y del paisaje que es el escenario donde todo sucede y todo se olvida. Me refiero al paisaje sin pasión costumbrista alguna, huyendo de la perspectiva romántica de aquellos viajeros románticos que alguna vez tuvieron a bien visitarnos, sino como el único agente que es capaz de moldear los caprichos primeros de la biografía y, a la vez, dejarse hacer. Porque el paisaje sólo existe en los ojos de quien lo mira y Pilar Quirosa-Cheyrouze ha mirado y ha escrito el paisaje de esta tierra y, con ello, le ha dado forma. Jamás el estío fue tan llevadero como entre sus palabras. Poco a poco me voy acercando a la Pilar que yo conocí: el azar, la bondad, el humanismo, el entorno, la memoria. Pero no todo es pretérito en la extensa obra de nuestra poeta. Mirar al firmamento es una manera audaz de mirar hacia el futuro y, a Pilar, siempre le fascinaron los astros. Desde un principio o desde Orión -si así lo prefieren-, Pilar Quirosa-Cheyrouze intuyó que no somos más que el tiempo que nos queda y, tal vez por eso, pese a que su obstinada memoria de poeta se siguiese preguntando libro a libro por aquella niña que se asustaba de las monjas en un colegio de Tetuán, escribía sus poemas desde el presente y sólo para el presente. Porque sus versos no debían ser inútiles, porque la poesía debe servir para algo aunque todavía no sepamos exactamente para qué, los poemas de Pilar siempre nacieron con un fin. Unas veces lo hacían para curarla/curarnos de la enfermedad; otras, del desamor; algunos, incluso, hubo que la/nos salvaron de la muerte. El poeta siempre experimenta en sí mismo las pócimas que sospecha universales. Para ello, el hada de las letras del Sur velaba sus armas en su casa de la Avenida Madrid. Las velaba hasta pulir el estilo que después habría de definir cada uno de sus libros. Cada uno de los libros que ahora, mientras escribo, sostienen los anaqueles más queridos de mi estantería. Avenida Madrid. No en vano ése es el nombre de su tercer poemario, un nombre que ha adquirido, con la ausencia de su luz, el tacto de sus rutinas más preciadas. Hoy, ese título me sobrecoge. No es necesario que incida en ello. Ustedes entenderán perfectamente el porqué. Los mejores libros de poesía sirven, sobre todo, para manifestar la intimidad cósmica de sus poetas. Esta noche, sentado entre recortes de prensa que gritan su nombre, siento que a Pilar le quedaba toda la vida por delante y que los astros, esos cuerpos luminosos a los que tanto quiso, se la han arrebatado. Este desenlace ha sido, sin duda, otro maldito capricho de la biografía. Desde este enero oscuro, ya sólo quedarán el recuerdo de su luz paseando entre la luz de una ciudad iluminada, y el olvido, y el paisaje que trazaron sus ojos y sus palabras, y un incierto porvenir, y el privilegio de existir para siempre entre las páginas de un libro. Allí, abrigada por sus versos, rodeada de sus palabras amadas, entre los suyos, puede descansar tranquila mi amiga Pilar Quirosa-Cheyrouze porque esta noche, mientras le escribo estas líneas inútiles, me cuentan que en su Avenida Madrid ya sólo se escucha al repartidor de niebla. 

miércoles, 8 de enero de 2020

Y cada año la inmortalidad

Trompetas (Martínez Clares, 2019).

En una de sus canciones memorables, nos confiesa José Ignacio Lapido que el futuro ya no es lo que era. El nuestro -el de Gor me refiero-, con el paso de los años y la aceptación de los peores augurios, está adquiriendo una atmósfera propia de la mitología. Porque a Gor, en la actualidad, le sucede un poco como le sucedía a la Comala de Rulfo o al Macondo de García Márquez o a la Mágina de Muñoz Molina. Le sucede que, con sólo nombrarlo, ya sabe a literatura. Cojan, si no me creen, una revista cualquiera de antaño, una de esas que atrapan el polvo sobre los anaqueles de una estantería olvidada o que reposan en el fondo de una caja de cartón bajo las facturas, los recibos de la fábrica de luz, las cartas de la Agencia Tributaria y algunas fotos de Blas El Retratista en las que, con el tiempo, se han colado los martinicos. Cojan, por ejemplo, la revista 55 en la que Antonia M. Jiménez Manzano escribió sobre la mítica banda de música de Gor. Nos contaba por entonces Antonia María que, cuando aquella banda actuaba en las fiestas y acontecimientos de otros pueblos, a su regreso siempre repetía el mismo rito: al llegar a las inmediaciones de Gor, uno de sus músicos tiraba un cohete y, seguidamente, atacaba las primeras notas del pasodoble que iba a acompañarla durante su trayecto hasta a la plaza. Me baila el corazón de sólo pensarlo. Me baila del mismo modo que me baila cada 6 de agosto cuando escucho el estruendo de la banda de música de Jérez del Marquesado rompiendo la mañana, una banda que está viva, que todavía no vive, como la nuestra, del mito y la literatura. Me baila igual que me baila cuando llegamos a la plaza y nos olvidamos por completo de los peores augurios, y nos saludamos y nos besamos y nos abrazamos. Igual que cuando nos acodamos en la barra del Sebas para tomarnos un par cervezas mientras sestean las trompetas de esta fotografía y, desde el balcón del Ayuntamiento, nos reconviene el pregonero. Eso me pasa: que me baila el corazón ahora y que me bailará mañana y todos los días que me queden por vivir, porque ya escribió Galeano -a Eduardo me refiero- que todos somos mortales hasta el primer beso y la segunda copa de vino.

viernes, 13 de diciembre de 2019

XLV edición del Premio de Poesía ‘Rafael Morales’ 2019


Miembros del jurado del Premio de Poesía ‘Rafael Morales’ 2019

Talavera de la Reina, 30 de noviembre de 2019.- En la tarde de este sábado se ha dado a conocer el fallo del jurado de los premios de historia y poesía que organiza cada año el Organismo Autónomo Local de Cultura. El concejal de Promoción Cultural, Carlos Gil, ha ejercido como presidente del OAL de Cultura y responsable del jurado.

En la XLV edición del Premio de Poesía ‘Rafael Morales’ 2019 el jurado ha otorgado el premio, entre 127 obras presentadas, al almeriense José Luis Martínez Clares con el título ‘Música de carreteras’. El premio consiste en 9.000 euros en metálico y la publicación de la obra en la Colección de Poesía ‘Melibea’.

Entre los miembros del jurado de los diferentes premios, han participado: los historiadores Ángel Ballesteros, Francisco Peñalver o Jaime Olmedo, el alcalde Juan Antonio Morcillo, Abraham Madroñal, Rafael Morales Barba, Antonio San Miguel, Ángel del Valle, Joaquín Benito de Lucas, Ángel García, Antonio Hernández y Pedro Tenorio.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Hidra


De sus ochenta y ocho años, Margarita ha pasado veintidós en España. En la España vacía quiero decir. Una apátrida holandesa. Eso es Margarita. A mucha honra. Durante la sobremesa, por sugerencia de Manolo Sola, le pregunto por su época hippie y ella me habla de Hidra, de la Hidra de Leonard Cohen. "Era uno más en la comuna". Eso nos dice. Manolo quiere saber algo más, quiere saber si alguna vez lo escuchó cantar. Margarita se detiene un momento. Se lo piensa. Se lo piensa y nos dice que Cohen andaba por allí con una guitarra. "Pero no recuerdo que tocase nada". Manolo y yo nos miramos como se mirarían dos tipos que acabasen de descubrir un billete de 50 pavos bajo la arena de la playa de una isla griega, y la vemos levantarse a la vez que se disculpa. "Me retiro. Estoy cansada". Margarita ha vivido mucho desde aquellos Sesenta. Nos citamos para un rato después, para otra lectura -son eternos los días de poesía-, y nos deja allí, varados en una mesa llena de botellines, en silencio, a la espera de un whisky que nunca llega, escuchando "So long Marianne".




lunes, 12 de agosto de 2019

VHS


Santiago Jiménez grabando la procesión. Gor, 2010.

Santiago sabe que el mecanismo de la memoria funciona de forma similar al de una cámara de vídeo. Lo sabe porque gracias a ella, a su cámara, lleva décadas grabando, codificando, almacenando y recuperando toda la información sobre nuestro pasado. En eso, su labor se parece un poco a un cerebro de los de antes, uno de aquellos cerebros que nunca habrían presumido de poseer una memoria de pez ni habrían cedido al Efecto Google y sus designios: No se molesten en recordar nada por su cuenta. Desconozco la capacidad de almacenamiento de los discos duros en los que Santiago va depositando cada una de nuestras hazañas cotidianas, pero probablemente supere las limitaciones del cerebro humano, un órgano en franco declive que antes de la era digital -según estimó Carl Sagan- tenía una disponibilidad de información equivalente a diez billones de páginas de enciclopedia, es decir entre 1 y 10 terabytes. Suena muy bien pero puede que se trate de una minucia al compararlo con lo que intuyo que Santiago Jiménez Navarro legará a las generaciones venideras si es que, finalmente, encontramos a alguien que esté dispuesto a sucedernos e, incluso, a recordarnos.
Esta vez, emulando a Santiago, yo también he tirado de archivo para mi sección. Sabrán disculparme por hacerles recordar. La imagen que nos ocupa ya tiene unos cuantos años -pertenece al día 7 de agosto de 2010-, y basta con echarle un vistazo para constatar que, justo antes de la llegada de los smartphones y de los selfies y de los Highs Dynamic Ranges y de los encuadres de dudosa reputación, hubo un tiempo en que proliferaron los artefactos de grabación de imágenes. De ahí que, como por arte de magia, a Santiago le brotasen camarógrafos por todas partes, camarógrafos armados con videocámaras que parecían diseñadas para la eternidad pero que apenas sobrevivieron un par de veranos antes de agotar su obsolescencia. Con frecuencia, la tecnología no tiene piedad con los suyos. Nosotros tampoco solemos tenerla con lo nuestro. Por eso, como si se tratase de cacharros pasados de moda, olvidamos nuestras cosas y nuestros hechos y nuestros gestos y nuestros propósitos, y lo hacemos sólo porque olvidar nos parece algo normal e, incluso, necesario. Pero Santiago no nos lo pone fácil. Santiago cuida de nuestra memoria. Santiago, desde hace años, carga con su JVC para impedir que nuestros datos almacenados se vayan diluyendo por el paso del tiempo y sus efectos. Su labor siempre ha sido una lucha contra nuestra caducidad. Si no me creen, repasen cuando puedan cualquier vídeo de Santiago y acérquense a todo lo que no se ve ni se escucha en la fotografía que nos ocupa. Acérquense al fragor de las calles, y a las promesas nunca dichas de los pies descalzos, y a las velas que cargan con su llama y con su cera, y a la algarabía de los músicos rompiendo la mañana. Acérquense sin reparos, sin un pero que objetar, porque la memoria afortunadamente funciona como una vieja cinta de VHS, una cinta que podemos rebobinar a nuestro gusto cada vez que alcanzamos la certeza de que el futuro no va a ser para tanto.

viernes, 8 de febrero de 2019

Despedida de San Cayetano

Despedida de San Cayetano, de Fran Jiménez.
Hay un brillo inusitado en esta oscuridad de la iglesia. Un brillo que ha surgido en medio de la negrura para ponerle la guinda. ¿Qué hago yo aquí?, se pregunta. Pero, ¿alguien podría entender la luz sin la existencia de sus sombras? With or without you. Las mejores cosas de la vida dependen de la Física. O de la Química. Ahora mismo no lo recuerdo con exactitud. La luz, la energía, la gastronomía, el amor. Sí. El amor también. Al menos eso concluyen los científicos, desde sus oscuros laboratorios, cada vez que se sienten enamorados y corren hasta sus casas para reproducirse. Me gusta la foto. Me gusta porque hay en ella una luz imprudente que se ha internado, casi sin darse cuenta, en territorio hostil. Y, donde hay luz, suele haber amor. El amor es una bombilla que se enciende sobre nuestra tristeza. Busquémoslo: hay amor en las dos siluetas que se alejan hacia la puerta del templo, una puerta donde las esperan impacientes los martinicos -si no son ellos, lo parecen-. Hay amor en sus manos entrelazadas que suponen el punto de fuga de la imagen. Todo gira alrededor de esas manos. Y también hay mucho amor en la manera en que Fran Jiménez las mira desde su objetivo cuando confirma que van a cruzar la puerta hacia otro mundo muy diferente. Por el título, sé que las dos siluetas acaban de despedirse del Patrón. Por la imagen, que regresan a la realidad. En unos instantes, van a cruzar el espejo de Alicia. Eso van a hacer. Aunque ellas no lo sepan, están recorriendo el camino inverso a la fantasía. Y Fran las ve partir mientras aprieta el disparador de su cámara. Las ve partir igual que las verá partir el año que viene. Y el siguiente. Y así sucesivamente hasta que esas dos siluetas se igualen en estatura y, tal vez, ya no entrelacen sus manos para cruzar el espejo. O tal vez sí. Porque los espejos es mejor cruzarlos de la mano de alguien en quien confías, alguien que lleva todos tus papeles en regla, alguien que te traerá de regreso cuando llegue el momento de regresar. El regreso también debería ser una cuestión de Física y Química. Como el amor a lo que se va perdiendo. Como la luz que cada siete de agosto entra en la iglesia de un pueblo olvidado para recoger a sus moradores y jugar un rato con sus sombras. Con las pocas sombras que nos quedan.

Publicado en la revista Puerta de la Villa (Diciembre de 2018)


miércoles, 16 de enero de 2019

El instante de dilapidar un sentimiento

Leí este escrito en la clausura de la Feria del libro de Almería de 2017, durante el homenaje que algunos amigos tuvimos la ocasión de brindar a Pilar Quirosa-Cheyrouze. Hoy, al releerlo, echándola en falta desde hace unas horas, he decidido llevarle la contraria a Joan Manuel Serrat. Me refiero a que Serrat, en su última gira, ha cambiado los tiempos verbales de algunas de sus canciones. Las ha llevado desde el presente hasta el pasado. Eso ha hecho. Argumenta Serrat que se trata de canciones que hablan de personas que ya no están. No estoy de acuerdo con él. Tampoco estoy en lo cierto. Simplemente, creo que uno de los dos nos hemos equivocado. Yo no pienso cambiar la voz del verbo en este escrito. No pienso hacerlo porque Pilar sigue aquí. Sigue aquí jugueteando con las palabras que leo. Las palabras que ahora vas a leer tú. Sigue aquí, aunque no lo hayan querido los astros.

Foto de Emilia Recio.


Buenas noches. Es un placer estar aquí, con todos vosotros, en este acto de la Feria del libro de Almería. Un placer que le debo a una nueva llamada de Pilar, una más de las innumerables muestras de confianza y afecto que siempre he recibido de ella, de esta poeta almeriense que todavía se pregunta en su último libro, Memorial shadow, cuánto queda de aquella niña que se asustaba de las monjas en un colegio de Tetuán. Desde allí, desde ese lejano continente que tenemos a la vuelta de la esquina, llegó a esta tierra de luz meticulosa, y es aquí donde Pilar se estableció para desarrollar la mayor parte de su trayectoria poética. No es un capricho de este poeta caprichoso el situar a Pilar, en primer lugar, en un espacio geográfico concreto, porque me atrevo a afirmar que la obra de Pilar Quirosa Cheyrouze sería completamente diferente si el destino no le hubiese reservado un encuentro con Almería. El contexto determina la obra de cualquier creador y esta tierra se ha convertido en un escenario natural sin el que no se entenderían el lirismo, la cadencia y el aroma de los versos de Pilar. A nuestra poeta, por esta confluencia irrenunciable de espacio vital y espacio poético, se le acumulan versos de esta calaña:

Y, sin descanso, costea mi frente el mar.

Ese Mediterráneo antiguo, con su rito incansable del agua, que empapa nuestros mejores recuerdos, que fluye en la intensidad de los días azules, llegando a nosotros a través del oleaje de la memoria. Un mar que refresca este presente a veces ingrato, tan rutinario, acostumbrados, como estamos, a bañarnos en la bajamar de cada día. Porque la poética de Pilar zarpa desde las desavenencias con la rutina, como un barco de versos que, para encontrar la perspectiva adecuada, tuviese que surcar, a diario, las aguas de nuestra bahía; un barco pilotado por una mujer que es capaz de edificar un mundo nuevo a partir de los restos del naufragio; un barco cargado de futuro pero capaz de transportar las mercancías del pasado; un barco que avanza sobre el mar deformando el reflejo caprichoso de los astros, de ese cosmos que tanto fascina a Pilar; un barco cuyo rumbo se pierde en el devenir borroso de la línea del horizonte, del mismo modo que se van perdiendo lentamente las siluetas de todos cuerpos celestes al amanecer. Y, desde la cofa, Pilar anota versos en su libro de presas, versos que son, ante todo, un brindis a la luna, versos que nos guían entre las lecturas recurrentes, las músicas compartidas, los nombres de las hijas que no tuvimos, los territorios amados del pasado, los lugares que no habremos de volver a pisar aunque sigamos codiciándolos entre preguntas, rabia y nostalgia. Es la suya una poética de momentos inolvidables, de palabras atrapadas por la tela de araña del recuerdo, de preguntas retóricas para las que no hallaremos respuesta ni falta que nos hace, porque nadie necesita saber por qué es tan triste la memoria de los recuerdos felices aunque se lo pregunte a diario.

Marinera en un barco hacia la nada. Pero también maestra. Maestra de poetas -amiga, Pilar-, maestra de compañeros en esta locura de la palabra, porque eres el más claro ejemplo de que los verdaderos poetas no conocen el divismo. Me refiero a esos poetas que sin pretenderlo nos orientan y enriquecen al resto, los poetas que dan ejemplo porque saben perfectamente que ser un espejo para los demás no es la mejor manera de influirles sino más bien la única.

Hay, además, por último, algo que me encandila de la escritura de Pilar: Pilar escribe con la rebeldía de quien no acata el destino, tal vez porque está harta de que el tiempo se lo lleve todo. Hasta tal punto que, en su último libro, ha querido regalar la actualidad a sus instantes más preciosos, esos instantes que pelean por no desprenderse de su memoria, y lo ha hecho puliendo su estilo y su escritura, llegando a la conclusión de que, si los verbos son acciones en el tiempo, su ausencia, por tanto, concedería a la narración la plena atemporalidad, la vigencia más absoluta: matar el verbo para detener el tiempo. Cuánta lucidez, amiga. Por eso, por todos estos recursos de poeta rebelde que Pilar maneja con soltura -aunque Luis Antonio de Villena afirme que tu poesía se nutre del dolor-, leyéndote uno acaba convencido de que la Poesía puede vencer a la enfermedad, al desamor y a la muerte, de que tus palabras conservan el poder suficiente como para hacer que los versos, aunque sean oscuros en ocasiones, no nos oscurezcan el pensamiento ni el porvenir. No hay peligro con Pilar. Uno cierra sus libros con una sonrisa, porque se percibe mucha claridad entre sus sombras. Tus poemas constituyen el perfecto “habitáculo de los instantes que regresan”. Leyéndolos, uno descubre que Pilar tiene la virtud de decir las cosas con la sinceridad que otros ya vamos perdiendo y, por su boca eternamente joven, nos preguntamos:

Cómo escribir un poema
esperando el regreso de la luz,
la única estancia habitada.


Amiga Pilar, ya se acaba el mes de abril, ese mes que todos quisiéramos robar para guardarlo en casa, a nuestro lado, entre nuestras cosas más preciadas y nuestras preocupaciones más inoportunas, y yo imagino que tú lo despedirás desde tu torre vigía, esa habitación iluminada por el retorno perecedero de los recuerdos, donde aguardas “el sol de la medianoche” para atraparlo en una hoja en blanco, la hoja donde quedarán por siempre tu espera, tu memoria y tu palabra. Gracias a estas tres cosas que pueden parecer insignificantes, a estas guaridas inexpugnables del poeta, siempre te anticiparás a todos los naufragios que habrán de llegar, porque no en vano viajas en un barco que surca la bahía dejando una estela de versos tan infalibles como éste:

Ésta es la hora
así lo han querido los astros,
el instante de dilapidar un sentimiento.

miércoles, 15 de agosto de 2018

La sombra del Patrón

Fotografía de Maribel García López.

Maribel García López es una digna heredera de Blas el Retratista. Tiene esa agilidad compositiva que caracterizaba a Blas y que emana de una forma de entender la fotografía con raíz en el francés Cartier-Bresson. Una agilidad que no excluye la autoexigencia. La fotografía es una suerte artística de esencias cinegéticas. Así, al menos, la entiendo yo: un fotógrafo, una cámara y una calle llena de gente. El fotógrafo sale de caza armado hasta los dientes de metáforas visuales. La vida cotidiana es su coto. Maribel, por ejemplo, ha cazado al Patrón en pleno desempeño de su cargo. Es el día grande de las fiestas y la gente ha aparcado el júbilo durante unas horas para adentrarse en el campo de la devoción. La devoción emociona más que el júbilo porque requiere de la contención. La contención emociona. Eso hace. Todo lo que callamos es lo que nos hace ser lo que somos. Existe una devoción enorme por San Cayetano, aunque sólo trabaje un día al año. Aquí, cuando me lea, me corregirá mi madre: San Cayetano siempre nos acompaña. Nos arropa con su bandera a diario. Maribel ha dispuesto la escena con suma maestría. Tan sólo dispone de unas décimas de segundo para cargar su cámara, apuntar y abrir fuego. Esa es la agilidad compositiva a la que me refería antes. Si falla, no tendrá una segunda oportunidad, porque la pieza es escurridiza. Maribel ha invocado la presencia de tres elementos y los ha puesto a bailar una danza cadenciosa: el patrón, la sombra, el farol. Ninguno de los tres puede concebirse ya sin la existencia de los otros dos. Forman un triángulo amoroso. San Cayetano sale muy guapo, como de costumbre, es un Santo de enorme atractivo. Además, su figura está realzada por ese ángulo bajo que ha utilizado Maribel, un ángulo favorecido porque el Patrón es llevado en andas por sus devotos. El farol ilumina la escena. Caravaggio lo hubiese situado fuera de la misma, lo hubiese puesto en un lugar imaginario desde el que llegase una luz focal al rostro del Patrón, en un ejercicio perfecto de tenebrismo. Maribel, en cambio, se vale de ese elemento para dar forma a esa brillante composición triangular, minimizando con buena técnica el exceso de brillo que podría quemar la imagen. No obstante, opino que el elemento decisivo de la escena es la sombra: no se trata de una mala sombra granaína. Estamos ante una sombra bellísima, una sombra que arropa a los otros personajes de la historia, una sombra que oculta lo secundario y dirige nuestros ojos hacia los lugares decisivos, una sombra con anatomía de toro noctívago que embiste a la luz como si se tratase de una alegoría escrupulosa de nuestras fiestas.

Artículo publicado en el nº88 de Puerta de la villa. Agosto de 2018.

jueves, 9 de agosto de 2018

Antología de poesía iberoamericana actual


Tengo el gustazo de participar en esta completa antología de poesía coordinada por Francisco Alfonso Berlanga Reyes y José Antonio Santano Serrano. Todos los integrantes de la misma hemos nacido entre 1970 y 1985. Está compuesta por una nómina de 55 autores de diferentes países. Y añade ExLibric: "El lector constatará que se incluye la más rica variedad temática, técnica y estilística, como corresponde a una nómina de poetas tan considerable y de procedencia tan diferente".

Traslado vacacional


Durante el verano y por motivos puramente técnicos (publico desde el smartphone) estoy utilizando mi otro blog: Versos para descreídos. Pulsa sobre la imagen para conocerlo.

jueves, 19 de abril de 2018

Doctorado en vientos



Doctorado en vientos (Letra Impar, 2018), cuarto poemario de José Luis Martínez Clares, supone un justificado y merecido homenaje a la figura de Javier Egea y a su genial Troppo mare, que se gestó durante una estancia del granadino en La Isleta del Moro. Espléndidamente ilustrado por la Agrupación de Acuarelistas de Andalucía, Doctorado en vientos está prologado por la poeta asturiana Laura Fjäder y cuenta con una introducción del escritor Manuel Cruz.

Doctorado en vientos es el arma frente al exceso y la grandilocuencia de un autor que desafía el encorsetamiento teórico. José Luis Martínez Clares forcejea con sus contradicciones en márgenes peligrosos mientras bebe del recuerdo para Javier Egea. Sus constantes emocionales y el trayecto vital se vinculan rechazando el discurso pretencioso y totalizador que castra la poética de tantos, para encontrarse en la quietud y el movimiento de los espacios de tránsito, en las islas comunes donde dolerse, en mares distintos y laberintos plagados de referencias que sería egoísta desvelar aquí”.
Laura Fjäder, del Prólogo del libro.

“Humanismo militante que se niega a rendir sus banderas de dignidad y justicia ante la violenta mansedumbre del ciego egoísmo de supervivencia hacia el que nos empuja el orden ideológico dominante: engolado en sus declaraciones y propuestas, humanista en el marketing, pero cruel y despiadado con los excluidos, los vencidos definitivamente en esta guerra invisible y traidora, sin nombres y sin fronteras”.
Manuel Cruz, de la Introducción del libro.


jueves, 15 de febrero de 2018

Un andar solitario entre la gente


Siento el mismo vértigo de siempre, el vértigo que siento cada vez que me asomo a un nuevo libro de Antonio Muñoz Molina. Antes de lanzarme al vacío, pongo en marcha el protocolo del fetichista: lo palpo, lo huelo, compruebo el tacto de sus páginas (esta vez viene cosido y se lo agradezco a Seix Barral), me detengo en las tapas, busco alguna incipiente dedicatoria inicial y poco más: mi oficio de lector me avisa de que ésta no es tarde para libros: lo cierro como si cerrase una caja fuerte, y lo deposito entre los estantes. Tal vez, arrimarse al precipicio de la lectura requiera de unas condiciones determinadas que todavía no se dan. Pero no me preocupa lo más mínimo. Cuando sea el momento, sé que será el libro quien me avise.

lunes, 12 de febrero de 2018

En tierra de nadie


Billy Wilder nació en Sucha. Por tanto, a lo largo de su vida fue austrohúngaro (bendito Berlanga), austriaco, alemán y, finalmente, polaco. Pero no pienso en Wilder mientras escribo. Pienso en los miles de austrohúngaros que sufrieron la gran noche europea y que nunca llegaron a ser polacos.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Soñadores

Bowie and Wilde.
En cuanto la vida me deja un rato en paz, me largo con otra. Con otra vida, entiéndanme. Hoy, sin ir más lejos, le he hecho los coros a Bowie en New killer star. Hubiese preferido lidiar en solitario con ese riff machacón e inolvidable si mi primitiva motricidad fina me permitiera aventurarme en los acordes de la electricidad. Pero para qué disimularlo: la guitarra ni en sueños. Observarán que estas inactividades mías, totalmente inofensivas y cargadas de ingenuidad, no deberían acarrearme consecuencia alguna (más allá de los sempiternos y recurrentes vivesentumundo), pero no me fío ni un pelo: por algo escribió Wilde que la sociedad perdona casi siempre al criminal, pero jamás al soñador.

sábado, 13 de enero de 2018

Un par de palos



Publicado en la revista Puerta de la Villa, nº86 de diciembre de 2017.

Desde su lanzamiento en mil novecientos sesenta y seis, se calcula que se han vendido más de ochocientos millones de All Star, millones de Converse que, con leves matices, conservan el sello distintivo del primer modelo que apadrinó, en su día, el jugador de baloncesto Chuck Taylor. Hace décadas que perdieron su función deportiva, pero las All Star continúan abrigando los pies de las nuevas generaciones y constituyen un emblema de rebeldía y rock´n roll: Kurt Cobain, Elvis Presley y Jim Morrison son algunas de las leyendas que las elevaron al rango de complemento tribal.
Las de la foto no tienen su característica caña alta, pero mantienen las mismas suelas que han dejado sus huellas por el mundo durante los últimos cincuenta años. El doble nudo de los cordones, las lengüetas deshilachadas por el uso, la pulsera que abraza un tobillo… esta imagen podría haberse tomado en cualquier lugar, pero hay algo que la circunscribe a un espacio geográfico determinado, un nimio detalle que escaparía a los ojos de un observador que no conozca de antemano el contexto de la instantánea: dos palos.
Sí. Hablamos solamente de un par de palos. Dos palos pelaos. Dos palos con algunas cicatrices. Sobre el inferior, descansan nuestras All Star. Aparecen silenciosas, a la expectativa, como si intuyesen que en unos pocos segundos un estruendo romperá la quietud del amanecer, como si supiesen además que, en ese preciso instante, descenderá por el callejón de la calle del Hierro una densa argamasa de hombres y toros, tal y como ha venido sucediendo durante los últimos cuatro siglos. Serán -insisto- tan sólo unos segundos y, cuando todo acabe, las Converse descenderán de los palos como quien desciende de nuevo a la rutina.
Pero, claro, para descubrir todo lo que nos cuenta esta foto sin mostrárnoslo hay que ser de aquí. Porque estas All Star de la imagen podrían haber estado un ocho de agosto a las ocho de la mañana en miles de sitios, pero están en Gor y nosotros, por dos palos, por tan sólo dos palos, lo sentimos y lo sabemos.