martes, 11 de junio de 2013

John Dos Passos

La señora Densch le espeta al señor Densch: “No consentiré que te entrometas entre yo y mis modistas”. Este diálogo crepuscular supone el comienzo perfecto para cualquier ruina económica y nos da igual que esté escrito en mil novecientos veinticinco y que nos hable del Nueva York de la Edad del Jazz porque hay novelas que, por muchos años que cumplan o por muy lejos de aquí que fuesen concebidas, siempre nos anticipan todo lo que vendrá después.
Mucho se ha hablado de los protagonistas de Manhattan Transfer, esos cientos de personajes anónimos que transitaban por las calles de una incipiente Nueva York y que se quedaron caprichosamente prendidos a sus páginas, pero lo que realmente emociona de la novela es la actitud de su autor: Dos Passos, desaparecido desde el primer párrafo, no entorpece el destino de sus protagonistas ni determina el ritmo temporal de la narración. Créanme si les digo que la historia, que no contiene ni una sola acotación cronológica ni un indecoroso conector temporal, discurre a lo largo de más de veinte años gracias a una sucesión melodiosa de genuinas escenas cinematográficas.
José Robles Pazos, en su prólogo a la primera edición española de la novela (1930), nos presenta a este narrador ágil, flamante, que nos parece tan actual casi un siglo después: “John Dos Passos, de origen portugués, seis pies de talla, desgarbado, miope (…) no es de esos americanos que, como el mismo dice, viajan para pasear sus baúles”.
Cuando uno lleva leídas doscientas páginas de la novela, ya tiene claras tres cosas: la primera, que no es de extrañar que Scott Fiztgerald, el otro insigne miembro de la Generación Perdida auspiciada por Gertrude Stein, quedase asombrado con la historia; la segunda, que si Jimmy Herf y Ellen Thatcher acabasen juntos nunca podrían ser felices; y la tercera, que Charles Bukowski y Roberto Bolaño son dos genios que, necesariamente, tuvieron que leer a John Dos Passos en su juventud.
Pie de foto: Nueva York, 1925.

jueves, 6 de junio de 2013

Muñoz Molina

Hace tiempo, Rafael Indi me pidió que escribiese un artículo para su blog. De aquel texto autobiográfico al que la memoria aportó numerosas inexactitudes, rescato estas palabras: “Por aquel entonces, un flamante Muñoz Molina se acercó a las aulas y habló muy poco y con escasa convicción, pero nos dejó un libro que irradiaba una luz desconocida: Beatus Ille pudo cambiarlo todo. En sus páginas, encontramos el presagio del frío y, poco después, el jazz se adueñó de Lisboa y de nuestro futuro. Aunque nuestras palabras todavía estaban ligadas a la música, ya comenzaban a disfrutar de una melodía propia entrelazándose con las suyas. Mientras le leíamos, nos hicimos mayores cuidándonos lo justo”.
Puede que tengas la culpa de todo, maestro. Gracias y enhorabuena.
Pie de foto: Antonio Muñoz Molina. Edición de Martínez Clares sobre foto extraída de Twitter.

lunes, 3 de junio de 2013

Parque Jurásico

Proliferan estos días las noticias que nos anuncian la resurrección de la carne.
La buena nueva, transmitida al mundo por científicos de intachable reputación, afirma que volverán a la vida el uro, el mamut e, incluso, que nacerá de una gallina una especie de pollosaurio. Estoy seguro de que, para mucha gente, estas cuestiones suponen un gran avance. Para otros, en cambio, son un verdadero dilema moral. No es mi caso. No saben ustedes lo que tranquiliza disponer de un carnicero de confianza.
No dudo de que nuestros investigadores más audaces atesoren los conocimientos necesarios para generar la vida a partir de casi nada. Como tampoco dudo de que, si dentro de miles de años los uros, los mamuts o los simpáticos pollosaurios tuvieran, llegado el caso, la capacidad de resucitar al extinto ser humano, no lo harían. Por la cuenta que les trae.
Pie de foto: Productos congelados. Edición de Martínez Clares sobre foto de www.quo.es

jueves, 30 de mayo de 2013

Mausoleos

Durante años, nos hemos empeñado en encerrar a la Cultura en cárceles de titanio. 
¿Quién decidió que era necesario desahuciar a nuestros libros de sus bibliotecas para entregarles las llaves de una fortaleza?
No entiendo cómo pudimos olvidar que la Cultura con mayúsculas se crea en lugares minúsculos.
Pie de foto: Dos hombres observan la Ciudad de la Cultura desde el Monte Gaiás. Edición de Martínez Clares sobre foto de EFE.

miércoles, 22 de mayo de 2013

LOMCE

Nuestros niños tan caprichosamente laicos. Y nuestros próceres tan instructivamente píos.
Pie de foto: La mejora de la calidad educativa. Edición de Martínez Clares sobre foto de la Agencia EFE publicada en ABC.

jueves, 16 de mayo de 2013

Carencias de la dieta mediterránea

No conocía las exquisitas propiedades alimentarias de los insectos. 
Desde hace unas semanas, algunos medios han iniciado lo que podría considerarse una campaña de alabanza de sus peculiaridades gastronómicas. Nos explican didácticamente que hay países en los que estos insignificantes bichitos forman parte de la carta de los mejores restaurantes.
Gusanos, saltamontes, hormigas, ¿quién podía intuir que algo tan pequeño podía esconder tantos nutrientes?
Estas noticias, casualmente, siempre anteceden o suceden a otras que nos hablan de la ruina que padecemos. Se diría que, después de conducirnos a unas cotas inadmisibles de pobreza, alguien se preocupa ahora de enriquecer nuestra dieta.
Pie de foto: Bocatto di cardenale. Edición de Martínez Clares sobre foto de compartex.net.

jueves, 9 de mayo de 2013

Seymour Avenue

Todos podemos ser esos vecinos amables que nunca ven nada hasta que alguien les va recordando los detalles que solían ignorar: los cuerpos desnudos de mujeres jóvenes que se arrastran en un patio trasero como si de un juego monstruoso se tratase, el trasiego nocturno de bolsas de comida, las visitas casuales de policías que golpean distraídamente la puerta tras la que se oculta el horror.
¿De verdad son tan irrelevantes las vidas de los demás como para que esas pinceladas no desencadenen nuestros vigorosos mecanismos de sospecha?
En fin, imagino que al otro lado del hilo telefónico respondió una voz muy diferente a las que había escuchado durante los últimos diez años, una voz que no iba precedida del miedo a los pasos que se acercan, una voz que no ordenaba, una voz que finalmente, por primera vez, le preguntó.
Amanda Berry no debía saber muy bien adónde estaba llamando. Quizás no dudase del lugar exacto (marcó, con ayuda de Charles Ramsey, el número de la policía) sino del tiempo al que dirigía sus rogativas. “No está aquí ahora. Por eso he logrado escaparme”. Su voz bucea en ese tiempo que le han arrebatado. El tiempo que nunca volverá.
Pie de foto: Pincelada. Martínez Clares, 2010.

lunes, 29 de abril de 2013

Todos cargamos con alguna bandera

Ha muerto el último superviviente de la famosa fotografía de Rosenthal.
A Alan Wood, que por entonces tenía veintidós, la vida le ha regalado sesenta y ocho años más que a la mayoría de los muchachos que combatieron aquel marzo sangriento.
El tiempo, siempre tan cauteloso, tan breve e inesperado, tiene la costumbre de ir tapando los ojos a los testigos directos de la historia y, desde ese momento, la veracidad de la narración tan sólo depende de la buena voluntad de quien la escribe.
A veces pienso que la historia la escriben los vencedores para que nunca la olviden los vencidos, pero Eastwood se alistó en los dos bandos para que nosotros pudiésemos recordar a todos los muertos.
Pie de foto: Raising the Flag on Iwo Jima, de Joe Rosenthal.

miércoles, 17 de abril de 2013

Neuman

Cuando uno se plantea que en Literatura todo está hecho, que escribir pudiera ser una manera pretenciosa de hurgar en la misma herida de siempre, llega alguien con la suficiente lucidez como para desmentir mis suposiciones.
Odio que me lleven la contraria, pero anoche le habría dado un abrazo a Andrés Neuman de haberlo tenido cerca. Al menos a este Neuman que no sabe el porqué. El Neuman divertido que suele responderse con más preguntas.
Pie de foto: No sé por qué y Patio de locos.

lunes, 15 de abril de 2013

Testamento

Al poeta Antonio Agudo. In memoriam. 

Se nos ha muerto Antonio Agudo. Me lo cuentan en voz baja y yo no acabo de creérmelo, porque a las noticias que llegan desde tan lejos es más fácil no darles crédito. Apenas cuelgo el teléfono, y ya releo su antología poética. Sé que allí conviven para siempre sus últimas voluntades con su amor primero. Leo despacio para confirmar mis sospechas.
En la página sesenta y cinco, en versos breves como latigazos, dejó escrito que a Gor le toca todo lo que le pertenece por haber nacido: mi trozo de acera cuando paso / mi sombra de árbol (…), / mi salto de puente, / mi palmo de río. A ese pueblo ingrato al que regaló su infancia le deja también su caja de amor, su arco de olvido.
Antonio emigró a Barcelona hace muchos años, pero me cuentan que, ahora, a las calles de Gor han regresado el lamento turbio de las campanas y la memoria escrita de un hombre que partió siendo muy niño y que se nos ha muerto en plena madurez, indefectiblemente vivo.
Pie de foto: El poeta Antonio Agudo. Edición de Martínez Clares sobre foto de Antonio Arenas, para IDEAL de Granada.

martes, 9 de abril de 2013

Tres años efímeros

Aunque parezca mentira, ya hace casi tres años que nos encontramos entre los claroscuros de este blog. Durante este tiempo, alguna vez me he planteado si sería lógico perpetuar aquello que, por denominación, debería ser efímero. Finalmente, he cedido a mis deseos más oscuros y, de entre todas las publicaciones que se han ido sucediendo en este periodo, he seleccionado unas cuantas sin el menor rigor ni criterio. Son aquellas que mejor se acomodan a mi gusto personal las que constituyen “Versos para descreídos”, el libro que resume toda la trayectoria de esta bitácora.
Su lectura sosegada me ha regalado una última e inquietante conclusión: en sus páginas falta lo más importante del blog… vuestros comentarios.
Pie de foto: Portada de Versos para descreídos. 

(Para leer el libro pulsa sobre la imagen o búscalo en el menú de la derecha).

viernes, 5 de abril de 2013

El río

Para Miguel Cobo. Mi riógrafo de cabecera. 

La escritura, como todos los ríos, tiene dos orillas: la primera, a simple vista, parece más poética porque desde ella miramos a las aguas que pasan como quien mira al tiempo que no volverá. En cambio, en la otra orilla, nos sentimos más prosaicos y narramos, al paso de las aguas, todas las historias que hablan del tiempo que no volverá.
Algunos escritores son capaces de frecuentar ambas orillas pues, para pasar de una a otra, únicamente necesitamos cruzar el río. Sólo existe un requisito: se recomienda ser un buen nadador. 
Pie de foto: San Juan Bautista. Martínez Clares, 2010.

lunes, 1 de abril de 2013

Richard Parker

En agradecimiento a Ang Lee


“Y aunque nosotros, al mirar uno de esos cuadros, nos pongamos del lado del hombre -qué remedio- poco a poco empezamos a mirarlo con la misma sensación de tener delante a un ser incomprensible que tal vez inquieta al animal”.
A. MUÑOZ MOLINA. El atrevimiento de mirar.

No recuerdo dónde perdí a mi tigre de Bengala.
Debió de caerse del bote cuando me olvidé de soñar despierto y acepté que la realidad debe ajustarse a un guión establecido.
El caso es que anoche volví a sentir su instinto luchando contra la nimiedad del océano y, entonces, entendí que nuestros destinos no siempre tienen que fondear en la derrota.
Dejen que les cuente: yo estaba, una vez más, yaciendo en la rutina. Por eso, para verlo como es debido, tuve que cerrar bien los ojos. Pasó muy despacio junto a mí antes de adentrarse en un mundo tan real como inexplicable. Juraría que me miró como deben mirar los espejismos a quienes más los necesitan. Me pareció exhausto en su grandeza. Lógico. Dicen que venía de vencer al mar.
Pie de foto: Cartel de la película "La vida de Pi".

lunes, 25 de marzo de 2013

Cenizos

Es lógico que los agoreros sigan cayendo en el descrédito, porque “lo veo todo muy negro” es una predicción que no puede deslumbrar a nadie.
Pie de foto: ¿Nevará con este tiempo? Martínez Clares, 2013.

martes, 19 de marzo de 2013

En el nombre del padre


En Europa, han descubierto que nuestros Gobiernos nunca fueron los padres que creíamos tener. Ahora, nos dicen que no pensaron nuestras leyes para defender a sus ciudadanos.
Nosotros lo sospechábamos desde hace tiempo, pero agradecemos que desde tan lejos alguien venga a abrirnos los ojos.
Pie de foto: Helados. Martínez Clares, 2013.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Las cosas que no deberían suceder


Dos años después, he regresado a Vicar. 
Allí, con “Las cosas que no deberían suceder”, un poemario de apenas sesenta versos, he obtenido el segundo premio en el XVI Certamen Literario “Mujer y Literatura”. 
Aquí os lo dejo para que lo leáis, porque estos versos desean que seáis vosotros los primeros en pasear por sus palabras. 
Pie de foto: Las cosas que no deberían suceder. Martínez Clares, 2013. 

(Para acceder al poemario, basta con pulsar sobre la imagen o buscar su enlace en el menú lateral).

lunes, 4 de marzo de 2013

El apetitoso olvido

Le recordamos a Antonia que ayer comió gachas.
¿Cómo es posible olvidar algo tan delicioso en sólo veinticuatro horas? 
Parece que nuestro estómago carece de memoria. Tal vez por eso necesitemos comer todos los días.
Pie de foto: Gachas. Martínez Clares, 2013.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Bip bip

Detesto a los tipos infalibles, esa clase de personajes que jamás cometen un error y que, además, se comportan de manera despiadada con los errores ajenos. Por eso, nunca me gustó el Correcaminos.
Sé que no es muy popular lo que voy a decir, pero confieso que, discretamente, siempre fui seguidor del Coyote. Aunque parezca paradójico, acabé solidarizándome con ese depredador famélico, ese pésimo estratega atrapado en un cuerpo voraz al que nunca vimos probar bocado. Tal vez, me gustaba porque sus desgracias eran tan humanas como sus ambiciones.
De la serie, recuerdo sobretodo su crudeza. Cada capítulo representaba la cruenta lucha entre el hambriento y el poderoso, el fracasado que nunca termina de entregar la cuchara y aquel que siempre sobrevive enfermo de éxito. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que es ésta la lucha ancestral del Mundo en todo su esplendor. En todo su patetismo.
Pie de foto: El Coyote.

viernes, 22 de febrero de 2013

La casa por el tejado

Me ha regalado un libro. Viene sin dedicatoria. Lo he dejado sobre su mesa disimuladamente. No tengo prisa. Puedo esperar.
Le sugiero que no se puede comenzar una historia hasta que alguien escribe sus primeras palabras.
Pie de foto: Dedicatoria. Martínez Clares, 2009.

martes, 19 de febrero de 2013

Cómo añorar un libro

Los libros de poesía se leen en un momento que puede durar casi toda la vida. Están por todas partes, siempre al alcance de la vista. Los he encontrado abatidos sobre la mesita de noche, relegados en los anárquicos estantes de un pasillo, olvidados junto a ese televisor siempre mal apagado. Uno pasa junto a ellos y recae. Los abrimos despacio, al azar, y descubrimos que es muy fácil recuperar su pulso.
Con la poesía se convive porque nunca se marcha del todo. En cambio, conozco novelas que se han largado sin dar demasiadas explicaciones. Un día cualquiera, de repente, se acaban con brusquedad, como si cayesen presas de algún giro paradójico de la historia, y nos dejan torpemente agarrados a un rastro que se va disolviendo entre otros rastros de la memoria. Nos quedamos con un libro ya callado para siempre en las manos, igual que aquella mujer de la habitación de un hotel de Hooper. Pero no hay remedio para el hombre que lucha contra el paso de los días y, con los años, se nos plantea la disyuntiva de volver sobre el relato y comprobar cómo ha tratado la vida a sus personajes. No me negarán que eso puede acarrear sus consecuencias, pues ¿quién no teme ensuciar el recuerdo de una historia que ya hemos sacralizado en la distancia? Quizás sea entonces cuando intuimos que es preferible añorarlas. Añorarlas del mismo modo que estoy añorando a Judith Biely o a Sophie Gottlieb, añorarlas igual que añoro a otros muchos personajes que se fueron de puntillas y juraron no regresar jamás.
Pie de foto: Habitación de hotel. Edward Hopper, 1931.