lunes, 26 de septiembre de 2016

Gràcies, paisà

El escritor Javier Pérez Andújar y la alcaldesa Ada Colau entran en el Saló de Cent. Albert Bertran para El Periódico.

La noche del pasado jueves, Javier Pérez Andújar -catalán de San Adrián de Besós, hijo de goreños-, tras aguantar un linchamiento desmedido -como cualquier linchamiento que se precie- por parte de un amplio sector del nacionalismo catalán, pudo leer su pregón de las fiestas de la Merced. No es de extrañar que comenzase su intervención con estas palabras: “Bona tarda, bonsoir, buenas tardes y felices fiestas de la Mercè a todas las autoridades, a toda la gente sin autoridad y a todos los desautorizados en general”.
La raíz de la controversia generada por su designación como pregonero no hay que buscarla en su preparación ni en sus méritos; la raíz de esa iracunda y desproporcionada respuesta habría que buscarla en que Pérez Andújar, que nunca se ha posicionado como unionista, no forma parte del habitual catálogo de ideólogos del independentismo, en su irónica pluma y, además -para qué callarme-, en sus orígenes. Así se refiere a los mismos en una antigua entrevista: “Pero no soy de izquierdas por ideología. Lo soy de una forma más primaria. Mi abuelo era un campesino de Gor (un pueblo de Granada) que defendió la República. Mi padre, un trabajador industrial que militó clandestinamente en el sindicalismo barcelonés. Y yo soy de izquierdas porque me lo ha mandado mi madre”. No me negarán que, cuando su abuelo nació, debía ser lo suficientemente pequeño como para que ese hecho no tenga tanta importancia hoy en día ni suponga un lastre social para sus herederos.
Pero vayamos a lo verdaderamente importante. El pregón de Pérez Andújar supone una sucesión inteligente y emocionada de agradecimientos a quienes edificaron la Cultura en la ciudad de Barcelona y a quienes, con su esfuerzo, con su trabajo, con su vida incluso, edificaron la ciudad misma. Porque, como leyó Javier acertadamente, “La cultura popular (…) nacía de la explotación del trabajo y de la felicidad de la lectura. Como toda la cultura popular”.
No se lo pierdan porque, desde hace unos días, Barcelona es un poco más de todos los barceloneses. De los que lo son y de los que lo fuimos.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Parte médico

Extracto de un parte médico.

A tan sólo un golpe de clic, encontramos la dirección rae.es. Bajo ese apelativo tan contemporáneo, se esconde una de las herramientas más tradicionales: el Diccionario de la Real Academia. Allí, si buscamos por la “d”, nos daremos de bruces con el verbo “deambular”, tal vez el intransitivo más adecuado para explicar estos paradójicos tiempos de deriva. Leamos la definición:
1. intr. Andar, caminar sin dirección determinada”.
El hecho de que ya casi nadie camine con un rumbo fijo hace que la jerga de determinadas profesiones deba actualizarse para adaptar todas sus inexactitudes al rigor que esta imprecisa actualidad requiere. Por eso, en cualquier parte médico -por poner un ejemplo- es posible que se prescriban tratamientos de esta calaña: “deambular con muletas”. Y, para colmo, cojeando.

lunes, 27 de junio de 2016

Figueredo enamorado

Figueredo enamorado. Martínez Clares, 2016.

Es obvio que Figueredo la quiere. Y también es obvio que Figueredo sabe desdramatizar su amor como lo harían los mejores poetas: aportando a su declaración la dosis precisa de ironía. Hasta aquí, todo perfecto. Pero Figueredo ha olvidado la coma. La maldita comita. Y ustedes pensarán que soy un intransigente por fijarme en esas nimiedades, pero sepan que, sin la coma, lo que era una bellísima declaración de amor se ha convertido, de repente, en un mal deseo para su chavala, un deseo que la conduce por la vía rápida del deterioro hacia la senectud. Pero a mí -para que vean ustedes- esta pintada me emociona cada día desde hace un par de años, porque, pese a todo, ambas expresiones -la real y la posible- son producto del amor. Del amor y de la poesía de Figueredo. Claro.

lunes, 20 de junio de 2016

II Antología Argonautas

II Antología Argonautas. Editorial Argonautas, 2016.

Aunque uno ya está un poco rancio para estos menesteres, me han incluido en la II Antología Argonautas, última maniobra de esta editorial dedicada especialmente a los “autores noveles”. Emilio Álvarez, Diana Beláustegui, Fernando G. Maroto, Federico Melis, Diego Mercado Villaroel, Guillermo Pavón Gray, Linda Ravstar, Rubén Torres Cuerpo, Jaume Vicent y Denisse Buendía son algunos de los nombres propios que la integran como representantes de “toda una generación de ADN tecnológico y altas dosis de coraje”. Parece ser, además, que nuestra “capacidad de reinvención de formas y discursos” resulta indispensable para la codiciada evolución del lenguaje poético.
Desde aquí, naturalmente, agradezco a la Editorial Argonautas esta iniciativa, mi inclusión y sus palabras. Deben tener alguna razón nuestros antólogos porque sospecho que, a los náufragos de la Literatura, sólo nos queda intacto el coraje. Por ahora.

jueves, 16 de junio de 2016

Creando ciudades

Apocalipsis. Martínez Clares, 2010.

Nunca se termina de hacer una ciudad. Apenas se concluye por el norte, ya hay que empezarla nuevamente por el sur. Sus calles, que primero se asfaltaron, después se adoquinan; sus edificios son derribados o remozados para especular con sus despojos o para adecuarse a las nuevas necesidades que la sociedad, en su devenir, va generando; los barrios periféricos se adecentan tan sólo para limar algunas de sus asperezas; sus recorridos más cotidianos se marcan con fugaces líneas amarillas, líneas que nos conducen cada día, sin aspavientos, a la desmoralización del tráfico detenido; y a veces, incluso, se levantan andamios sobre nuestras cabezas para que los peatones podamos seguir transitando bajo ellos camino de nuestro trabajo o de la oficina del paro.
Nunca se termina de hacer una ciudad porque se trata de un organismo vivo que se desarrolla alimentándose de sí mismo, como un producto eternamente inacabado que crece y decrece siguiendo las pautas que le va marcando el aburrimiento de sus pobladores.

lunes, 6 de junio de 2016

Las edades a su paso

Pinchos. Martínez Clares, 2011.

Piensa que, si lo mejor de salir es regresar a casa, puede que te estés haciendo viejo.


martes, 17 de mayo de 2016

Veinte años bajo Cero

091 en concierto. Imagen de JM Grimaldi. Sitio web de la imagen.
Banksy sospecha que hay paredes que nunca han sabido guardar un secreto: “Vuelven Los Cero”, nos gritan desde hace meses las de Granada. Era previsible la euforia colectiva, porque no hay silencio que pueda acumularse durante veinte años en las gargantas. Tal vez por eso, antes de entrar a la plaza de toros, Fran ya nos avisaba con la resignación de un don Tancredo crepuscular: “Hoy, Los Cero nos van a hacer pedazos”. ¿Cómo vencer el frío de tanto tiempo? Han sido veinte años bajo Cero, veinte años esperando que algún fuego nos convirtiese en humo y, al fin, en unos pocos minutos, cinco tipos de Granada iban a prender la maldita llama.

martes, 10 de mayo de 2016

La abuela Europa

De pie, a la izquierda, Eduardo Pretel.  A la derecha de la imagen, sentada, su esposa Eufrasia Guzmán. En primer plano, están tres de sus hijas. De izquierda a derecha: África, América y Europa. El resto de personas que aparecen son trabajadores de su taller de tricotosa, situado en la calle Real de Gor. Es imposible determinar el año exacto, pero se trata de la primera década del siglo XX.

Cada vez que hago el recuento, confirmo que somos muy pocos los nietos de Europa: me bastan los dedos de una mano. Aunque esta particularidad no nos circunscribe a un espacio geográfico concreto, si podríamos decir que delimita el territorio familiar que habitamos desde la niñez: el territorio inexpugnable de la memoria.
El bisabuelo Eduardo debió pensar que no existe frontera que no merezca ser profanada cuando dio rienda suelta a sus ideas más vanguardistas, lo que, en aquella Granada rural de entresiglos, no podía acarrear más que incomprensión y algún que otro problema. Contado así, puede parecer una broma, pero a mi abuela la llamó Europa y, a sus hermanas, África y América. Desconozco si por aquel entonces Oceanía era ya un continente digno de ser tenido en consideración o si él sentía algún tipo de animadversión por Asia, pero a su cuarta hija la inscribió como Eufrasia para enfatizar, tal vez, la trascendencia que la tierra del Éufrates tuvo en la evolución de nuestra especie. Con los varones no voy a extenderme, aunque me consta que tampoco escaparon a sus devociones científicas, pues otro de sus hijos se llamó Arquímedes.
No recuerdo en qué escena de Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939) se afirma que nadie puede ser tan feliz sin ser castigado por ello. Eduardo no era ningún cándido y sabía, de antemano, que los nombres elegidos para sus hijas no agradarían a aquella Iglesia decimonónica, por lo que decidió bautizarlas con otros extraídos cristianamente del santoral. Pero se aseguró de que nadie pudiese arrebatarles sus verdaderas identidades inscribiéndolas como tales en el registro civil y en la memoria de sus coetáneos. Hasta tal punto lo consiguió, que ni yo mismo sabría decirles cuáles fueron esos otros nombres bendecidos por el cura en la pila bautismal.


Europa y Eufrasia en su tienda de ultramarinos. Década de los setenta.

Convengamos que el pensamiento avanzado del bisabuelo Eduardo y su veneración por la Cultura y el Humanismo no podían acarrear más que problemas, pero nadie se hubiese atrevido a vaticinar entonces que éstos alargarían sus tentáculos hasta un siglo después. Y es que sus audaces ocurrencias tuvieron mucho que ver en mi primer desencuentro con la Autoridad. No tendría yo más de catorce o quince años cuando una pareja de la Guardia Civil de Guadix, que esa noche hacía la ronda en mi pueblo, me pidió la documentación al verme deambulando con una litrona caliente. Como me fue imposible identificarme (seguramente no tendría aún ni el DNI), me preguntaron por mi familia. Pude haberles dicho que mi padre, Pepe Luis, regentaba un ultramarinos en la calle Ancha; que mi abuelo, Antonio Clares, era el guarda forestal; o, simplemente, que mi casa estaba un par de manzanas más arriba. Pero preferí, quizás impulsado por la desfachatez que nos concede la dosis exacta de cerveza, regresar al territorio inexpugnable de mi memoria y responderles como creo que le hubiese gustado al bisabuelo Eduardo, decidí profanar una frontera con la esperanza de que él también la hubiese profanado un siglo atrás, aún sabiendo que mis palabras no provocarían más que su hilaridad o su cólera, que pensarían, con total probabilidad, que un niñato estaba intentando mofarse de ellos: soy nieto de Europa.

viernes, 6 de mayo de 2016

Partiendo de Cero (V)


Con Los Cero, Granada empuñó, al fin, una guitarra eléctrica y la ciudad, a cambio, se quedó para siempre en la atmósfera de sus temas. Valga como ejemplo “La vida que mala es”, quizás su canción más tarareada, su letra más granaína, en la que fusionaron un riff de guitarra al más puro estilo Bo Diddley con una copla del Sacramonte que ya cantaba, en su momento, el místico Enrique Morente. “Miras la vida como una carrera / y no naciste para ganar, / por más que corrías no viste la meta, / busca un hombro en el que llorar”.
A Diddley, que nació como Ella Otha Bathes, le cambiaron pronto el nombre para que pudiera convertirse en la figura más decisiva durante la transición del blues al rock. Disfruten de su guitarra, tenaz y enloquecida, partiendo de Cero.

miércoles, 4 de mayo de 2016

viernes, 29 de abril de 2016

Transposición didáctica (II)

Cómo decíamos ayer… (Martínez Clares, 2010).

La Unidad Didáctica Integrada (UDI) parece una herramienta perfecta para tenerlo todo bajo control, pero no deberíamos engañarnos: la Educación es lo que sucede en el aula mientras el maestro planifica lo que debería suceder mañana en el aula.

martes, 26 de abril de 2016

Otra sentimentalidad


A veces, conviene leer la vida desde una sentimentalidad diferente. La perspectiva que nos ofrece el humor bien podría ser una opción. Me refiero al bueno, naturalmente. Pongamos como ejemplo el Holocausto: La lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) es un ejercicio perfecto de maestría cinematográfica. En cambio, La vida es bella (Roberto Benigni, 1997) no es más que una progresión melodiosa de emociones. Ambas ocupan un lugar destacado en mi cinéfilo corazón, pero sólo la cinta de Benigni me lo pellizca a diario.

viernes, 22 de abril de 2016

Partiendo de Cero (IV)


Le he leído a José Ignacio Lapido en alguna parte que los 091 adquirieron, durante un tiempo, la generosa costumbre de encumbrar a sus teloneros mientras ellos mismos permanecían inalterables en ese limbo caprichoso en el que algunos poetas duermen el sueño eterno. Sirva como ejemplo la historia de su primer concierto en Zaragoza, narrada de manera exhaustiva en este magnifico artículo de Octavio Gómez Milián publicado en bigstarmusic.es. “De Cierzo y espantapájaros: 091 en Aragón” da cuenta de una serie de anécdotas y recuerdos propios de una época en la que el rock, como la memoria, aún viajaba en furgoneta y por carreteras secundarias.


Leyendo algunos de los testimonios, uno se va haciendo la idea de lo que supuso aquella noche inolvidable del primero de mayo del ochenta y cinco: Pedro Vizcaíno, de Grabaciones en el Mar, nos cuenta: “imborrable la primera vez, en San José, en el antiguo matadero, con los Héroes del Silencio como teloneros (cuando aún eran tres miembros). 091 presentaban su primer álbum y los Héroes aún no tenían disco". Otro que tampoco faltó a la cita fue Fernando de los Modos que nos habla de una “zaragotham rockera” plantada ante los “textos inteligentes, las estupendas melodías y el poderío rítmico” de Los Cero. Tampoco el locutor y escritor Miguel Mena ha olvidado aquella noche: “Recuerdo que en los bises tocaron “A mí con esas” de Los Brincos y “Have you ever seen the rain?” de Creedence Clearwater Revival. Esa noche estuve con ellos en el KWM y luego les acompañé al hotel Conde Blanco, en la calle Predicadores”. En cambio, Matías Uribe, crítico y escritor, nos cuenta la historia de una manera diferente, con un matiz que nos sorprende: “Aunque nebulosamente, aún recuerdo la noche que, a las puertas del destartalado pabellón de San José, le pasé una entrada a un barbilampiño Bunbury, sin un duro en el bolsillo y seguidor del grupo.”
Hagamos un guiño a todas las inexactitudes de la memoria y disfrutemos de los Héroes del Silencio -y su barbilampiño Bunbury- partiendo de Cero.

martes, 19 de abril de 2016

Este hueco de torpe inexistencia

A mi amigo Emilio Sáez Ros

Emilio Sáez Ros
Nunca se olvida la última conversación que se mantiene con alguien. No se olvida porque el recuerdo la hace y rehace constantemente, sesgando, añadiendo, cortando, matizando, otorgándole la importancia que en su momento no tuvo, pues cómo pensar que no sería una más de las muchas que hemos mantenido con esa persona sino la última. Hago mis cálculos y creo que la última vez que hablé contigo -amigo Emilio- debió ser el domingo 10 de enero, a eso de las dos de la tarde. Lo sé porque yo estaba comiendo con mis cuñados en la cafetería del hospital donde había nacido mi hijo, Jose, apenas setenta y dos horas antes. “A mi Tulia ya le falta nada”, me dijiste entusiasmado. Fue una conversación breve, como siempre han sido nuestras llamadas telefónicas, y, al final, con rapidez, considerando tal vez que me importunabas durante mi almuerzo, resolviste el diálogo sin muchos preámbulos y te despediste afectuosamente. Recuerdo que a mí apenas me dio tiempo a replicarte con un “hasta luego, Emilio”. Y claro, ahora comprenderás que me siento un poco como García Montero cuando escribió aquello de “nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo / con el frío de alguna palabra que no he dicho, / con un malentendido que temer”, porque, de haber sabido que esa era la última vez que hablábamos, la maldita última vez, te hubiera dicho algunas cosas más, te hubiera retenido al otro lado del teléfono con cualquier excusa barata para contarte cuatro tonterías, sólo por disfrutar un ratito más de tu amistad, pero -qué demonios- imagino que uno nunca dispone de los indicios suficientes como para presentir cuando es la última vez que va a hablar con alguien. Días más tarde, tuve correo tuyo. El primero de febrero, a eso de las ocho y media de la tarde: “(…) También informarte que ya nació ALBERTO, de mi Tulia. Fue el día 18. Está muy hermoso y los padres están superencantados y no caben de alegría (…)”. La vida que a veces nos sonríe, Emilio, mientras nos apuñala por la espalda.
Del dolor no voy a hablarte. Eso es algo demasiado íntimo como para sacarlo aquí de paseo. Voy a hablarte de perplejidad, Emilio, porque estoy perplejo. Perplejo porque hay tipos deambulando por la calle, en este preciso momento, a los que habría que tomarles el pulso para poder constatar que están vivos. Gente que ya ni respira. Y tú, en cambio, estabas muy vivo. En que todavía no era tu momento, seguro que coincidimos los dos. No vamos a discutirlo. Pero tampoco puedo pedir explicaciones a nadie porque, me digan lo que me digan, me niego a entenderlo.

Portada del número 81 de la revista Puerta de la Villa.
Sabes… tú, durante años, no fuiste para mí más que el padre de Maribel y Tulia, pero llegó la ACAG para remediar eso y, a partir de entonces, hemos sido “los amigos de Gor”, como nos gustaba bromear cuando nos daban las tantas de la madrugada corrigiendo textos o poniendo en común trabajos a través del Hotmail. “Mi vista no puede más. Mañana seguimos”. Y ese par de enunciados, que nacían de tu teclado a ciento cuarenta y dos kilómetros y trescientos metros del mío, suponían el régimen de pernocta para los dos últimos goreños despiertos sobre el planeta. Quién te mandaba a ti ser tan meticuloso (el “Genealogías” nunca se cerraba hasta confirmar sus detalles más nimios, que podían ser, pongamos por caso, el segundo apellido de una tía abuela de Mengano que viajó hasta Barcelona en el asiento trasero de una DKV aquel lejano otoño del sesenta y dos o la fecha exacta de una foto cochambrosa que habías tardado semanas en reconstruir); tan preciso (tus escritos no dejaban lugar a dudas, no generaban especulaciones, pues ya te cuidabas tú de poner negro sobre blanco exactamente lo que querías decir, sin ambigüedades, partiendo siempre de una empatía casi felina que te permitía conocer de antemano aquellas reacciones, de agrado o desagrado, que tus afirmaciones acabarían por generar en cada uno de los lectores); tan sensato (los experimentos siempre con gaseosa); y tan hechicero (acabaste por convertir una labor ardua y difícil en algo totalmente mágico, pues sabías que la revista, además de una alegría enorme para muchos de tus paisanos, suponía un aspecto fundamental para la pervivencia de todo lo que fuimos y ya nunca seremos).
Puerta de la Villa: nuestra historia: nuestra vida: en poco más de noventa páginas cada cuatro meses. Sí, Emilio, la tuya y la mía también: durante 10 años.
No voy a detenerme en enumerar todo lo que he aprendido trabajando contigo. No es cuestión de aburrir a nadie. Pero sospecho que si afirmo esto así, tajantemente, es tal vez porque tú tenías muy claro que, al escribir, siempre menos es más y que -tal y como me decías en tu último correo- “la poesía es el máximum que se puede conseguir mediante el uso creativo y elaborado de elementos del léxico, figuras literarias y estructuras lingüísticas. Pero mucho mejor si eso se construye desde la naturalidad y la mayor sencillez”. En cambio, sí me vas a permitir que te agradezca el haberme enseñado a amar a Gor. Sí, amigo Emilio. No te sorprendas. Porque amar a Gor no es sólo pasear por sus calles durante las vacaciones, sestear en sus bares, reclamar nuestros palmos de río, nuestros trozos de luna, nuestros metros de novillo. Amar a Gor es, sobre todo, hacer algo por Gor. Y de eso tú estás sobrao.
A estas alturas, ya te estaría yo diciendo: “corta ya, Emilio, que con esto a tres columnas y una foto de doce con cinco por seis con dos nos vamos a dos páginas largas”. Pero yo voy a hacer lo que tú nunca hiciste: voy a hacerme caso. Lo dejo aquí, amigo. Por ahora. Recordando que nuestra última conversación debería haber sido, al menos, como ésta, que deberíamos haber estado un ratico zamorreando a la goreña, con toda nuestra retahíla de sosquerías, nuestros chascarrillos e irreverencias. Tal vez así no tendría yo dentro esto que tengo ahora y que describe mucho mejor García Montero de lo que yo lo podré hacer jamás: “ese hueco de torpe inexistencia / que a veces, gota a gota, se convierte / en desesperación”.

Artículo publicado en la revista “Puerta de la Villa”, número 81 de abril de 2016.
Emilio Sáez ha sido, durante los últimos ocho años, Presidente de la Asociación Cultural Amigos de Gor. 
Además de buen amigo y mejor colaborador.

jueves, 14 de abril de 2016

Partiendo de Cero (III)

Todos tenemos un pasado. The Flamin' Groovies y 091 en sus inicios.
Los Cero arrancaron la última década del milenio grabando uno de sus discos más emblemáticos. Con El baile de la desesperación (Zafiro, 1991) comenzó de verdad el rugido de las guitarras y, para ello, contaron con la colaboración inestimable de Chris Wilson, miembro de los míticos Flamin’ Groovies.
The Flamin' Groovies se formaron en 1965 y, desde San Francisco y durante medio siglo, han forjado su leyenda al margen de las modas en el mundo del punk-rock. Actualmente, la banda está compuesta por dos de sus miembros fundadores, Cyrill Jordan y George Alexander, acompañados por Chris Wilson, que se incorporó al grupo en 1971 coincidiendo con la grabación del fabuloso Teenage Head, considerado uno de los mejores discos de aquella década, y Víctor Peñalosa. En estos días, los californianos se encuentran de gira por España y ya nos van llegando las primeras crónicas, como ésta, que firma Johnny Jota Jota para el Espacio Woody / Jagger, sobre el concierto en el Loco Club de Valencia. Disfruten de los Flamin’ Groovies partiendo de Cero.

martes, 12 de abril de 2016

Transposición didáctica (I)

Estudiosos de Juan del Encina durante una de sus lecturas. Huellas (Martínez Clares, 2008).

Ayer, el locutor de El ojo crítico se quejaba de que Juan del Encina es el único dramaturgo medieval español que aún se estudia en el colegio. Y yo me pregunto... ¿En qué colegio se estudia a Juan del Encina?

lunes, 11 de abril de 2016

Partiendo de Cero (II)


Los 091 le dieron carpetazo al último siglo allá por 1989, coincidiendo con la caída del muro de Berlín. “Qué fue del siglo XX” (Doce canciones sin piedad, Zafiro 1989) supuso una de las cimas creativas para unos músicos que, como nosotros, tuvieron la fortuna de ser lo suficientemente jóvenes como para ahorrarse la movida y lo suficientemente viejos como para llegar tarde al letárgico Indie rock.
Qué fue del siglo XX” se compone de varias estrofas tan brillantes y vibrantes como ésta: “El hombre en la Luna y el apartheid, / obreros en lucha y el gran Elmore James, / la caza de Brujas, la sota y el rey”.
Elmore James fue un guitarrista de blues considerado el padre de la slide guitar, técnica mediante la cual se toca una nota y, luego, deslizando el dedo a otro traste a través del diapasón, se hace llorar a la guitarra. Recordemos a James partiendo de Cero.


miércoles, 6 de abril de 2016

Partiendo de Cero (I)


Alrededor de los 091 sigue fluyendo la música. Sigue fluyendo con esa sobriedad de la que hacen gala las cosas garantizadas, con la tranquilidad de lo que perdura sin ninguna intención de perdurar. Es la música que descansa en muchas de sus letras, la música de la que nos hablan en sus entrevistas, la que se cuela en aquellas columnas, artículos y libros que continúan generando sus canciones después de veinte años interminables. Una música que, aunque esté ahí, entre ellos, latiendo en su memoria, en sus acordes y en sus versos, ni siquiera les pertenece. Pero aún así fluye a su alrededor, porque, tal vez, Los Cero sean sólo eso: Música.
Comencemos esta primera entrega a lo grande: ¿recuerdan esta letra?: “Hoy te vi cuando silbabas / una canción de Charlie Parker, / y he comprendido que no hay nada / que pueda hacer para impresionarte.
El tema Para impresionarte aparece en el disco Tormentas imaginarias (Polygram Ibérica, 1993), reeditado, con motivo de la gira Maniobra de resurrección, este mismo año por Universal. Disfruten de Parker partiendo de Cero.

lunes, 4 de abril de 2016

Tena

Manolo Tena. Sitio web de la imagen: La Fonoteca.
No voy a negarle que ha marcado estilo, porque tengo el Frío metido en los huesos desde el año ochenta y cuatro, cuando tan sólo era un crío sobrecogido por aquellos versos contradictorios de los Alarma. Después, con el paso de los años, no me gustó tanto en ninguna de sus enigmáticas resurrecciones, aunque sé de tipos que todavía devoran el Sangre española (Epic Records, 1992) casi a diario.
Seguro que han existido muchos Tenas, pero yo prefiero recordarlo como el conductor suicida del blues de Sabina, como el tipo elegante que siempre supo hacer turismo al borde de este abismo, ese extraño en el Paraíso que hoy nos deja.



lunes, 28 de marzo de 2016

Formas de mirar al mañana


Repasar los títulos de un autor puede ser una buena manera de medir su optimismo: Víctor del Árbol ha ganado recientemente el Premio Nadal con su novela “La víspera de casi todo” (Destino, 2016); en cambio, yo titulé mi segundo poemario como “Vísperas de casi nada” (Ilmo. Ayuntamiento de Aguilar de Campoo, 2011). Aunque parece que el resultado no deja lugar a dudas, pueden ustedes hacer sus apuestas.