El blues -al contrario que el jazz, siempre tan anárquico, tan espontáneo e impulsivo- es una animal de costumbres. La genialidad del músico de blues acaso consista en librarse de sus ataduras, aún sabiendo que esa indisciplina no supondrá su liberación, pues en el blues todos los caminos conducen a una misma jaula: la tristeza.
Ayer, al volante, recorriendo las calles de siempre, regresé a Riding with the king, ese puñado de clásicos donde pugnan devotamente dos leyendas. En Three o'clock blues, la pulcritud de Clapton contrasta con la indómita contención de King. Se diría que Clapton sale y retorna a la melodía sin dramatismos, igual que un convicto que hubiera aceptado su suerte hace tiempo. En cambio, BB King arquea sus notas, que vibran y se contorsionan como un animal que todavía lucha por merecer la libertad.
Pie de foto: Blues, Fotografía incluida en el libreto del primer disco de Café Bombón, No quiero ser mayor. Martínez Clares, 2012.

