Siempre he mantenido la hipótesis de que el cine es esencialmente literatura. Aparte de algunos escritores, existe un número importante de cineastas que parecen empeñados en desmentirme. Lo lamento por ellos, porque ayer, al filo de la medianoche, deambulé poéticamente por un París que ya creía muerto.
Les cuento.
Midnight in Paris (Woody Allen, 2011) disfruta de un guión tan veraz que otorga credibilidad, por sí solo, a la mayor de las quimeras y, por ende, demuestra que a veces son los sueños los que acaban por determinar la realidad.
Allen -un metafísico cuya única doctrina reconocida es la hipocondría- ha logrado vencer a la muerte de la única forma que puede hacerse: burlándose de su predecible llegada.
Pie de foto: Atlas del errabundo. Martínez Clares, 2009.