Os lo aseguro: no es fácil escribirle
a un poeta, aunque este sea eléctrico. No es fácil escribirle a alguien que
entrega su vida a la travesía del desierto. Sé de lo que hablo porque en mi
primer libro le dediqué un poema a José Ignacio Lapido, una conjunción de
versos que resultó -ahora lo veo- en exceso pretenciosa. Desde entonces, decidí
no volver a tentar a la suerte y dediqué mis esfuerzos poéticos a cuestiones
más mundanas. Súbitamente, apostaté de mis precarios principios, dejé de codiciar la comunión “en
el agnóstico recreo / de los dioses” y comencé la búsqueda de una voz propia,
una voz que se pareciera un poco más a mí. Una vez más, el apellido Lapido se
cruzaba en mi camino justo en el momento necesario: quién podría negarle al
maestro el don de la oportunidad.
