Todo empezó con un hurto.
Se llamaba Ivanhoe y procedía del idealismo de Walter Scott. Recuerdo que cayó en mis manos y ya nunca regresó a la biblioteca del colegio. Es lógico, ¿quién podría renunciar a los cuidados de Rebeca?
Hoy, no me quedan remordimientos. El tiempo lo cura todo y han pasado veinticinco años.
En mi defensa, alego que me lo quedé para protegerlo: es el único libro que ha sobrevivido a todas mis mudanzas.
Pie de foto: Letras robadas. Martínez Clares, 2012.
