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lunes, 4 de abril de 2016

Tena

Manolo Tena. Sitio web de la imagen: La Fonoteca.
No voy a negarle que ha marcado estilo, porque tengo el Frío metido en los huesos desde el año ochenta y cuatro, cuando tan sólo era un crío sobrecogido por aquellos versos contradictorios de los Alarma. Después, con el paso de los años, no me gustó tanto en ninguna de sus enigmáticas resurrecciones, aunque sé de tipos que todavía devoran el Sangre española (Epic Records, 1992) casi a diario.
Seguro que han existido muchos Tenas, pero yo prefiero recordarlo como el conductor suicida del blues de Sabina, como el tipo elegante que siempre supo hacer turismo al borde de este abismo, ese extraño en el Paraíso que hoy nos deja.



jueves, 14 de enero de 2016

Laberinto de secano

Pelayo retratado a traición. Martínez Clares, 2010.

Uno puede narrar la vida en el pueblo de dos maneras: la primera sería a lo Miguel Delibes en Las ratas. El pueblo como un ecosistema del que nunca se aspira a salir y desde el que se mira con recelo a quienes eligieron aventurarse extramuros de la costumbre; la segunda podría ser a lo Muñoz Molina en El jinete polaco. El pueblo como una cárcel inexpugnable que sólo se soporta si cada noche te sueñas excavando un túnel para escapar de allí.
Yo fui de los que pasé la mayor parte de mi juventud en un laberinto de secano (*) y comulgué, según épocas, con ambos enfoques, pero finalmente excavé mi túnel y me evadí dejando atrás esa otra vida que nunca llegaré a conocer. Pelayo, en cambio, decidió quedarse o, más bien, decidió regresar antes de que fuera demasiado tarde. A él -y a otros como él- el pueblo les debe mucho, aunque sospecho que nunca se lo agradecerá lo suficiente. Por mi parte, yo sí les agradezco que todavía me quede un lugar donde volver.

(*) Joaquín Sabina en Esta boca es mía (Ediciones B, 2010).

miércoles, 11 de marzo de 2015

Quinientas noches entre el centeno

Holden Caulfield aborrece los miércoles. Creo que en realidad aborrece todos los días de la semana. El chico aún no sabe que de vez en cuando la vida nos guiña un ojo y decide corregirnos una de nuestras auroras vertiginosas. Sí, amigo Holden. De vez en cuando, como quien no quiere la cosa, la vida se peina a lo garçon y, entonces, las canciones de amor no nos aburren porque nos parecen tan dulces como canallas. Qué emocionantes son las emociones cuando se alejan de la cursilería.
Holden apenas intuye que algunas bocas son un milagro de la humedad. Debe ser por eso que todo le deprime. Demasiadas cocacolas, amigo. Demasiadas noches buscando alguien que te aguarde al final de tu mirada, alguien lo suficientemente enigmático como para no defraudarte. Claro. Holden y su cinismo. Holden y sus preguntitas. ¿Adónde irán los patos cuando se hielen sus lagos? Qué pretenderá que le respondan a eso.
Al final, conseguirá que me pierda los bises, la voz inabarcable de Mara Barros, el acabóse de los conductores suicidas, la suave condena de tener que vivir cien años.
Saben… no suelo dar consejos, pero nunca vayan a un concierto de Sabina con un Salinger en la guantera.
Imagen: Holden Caulfield por Alexa Dunham.
Sitio web de la imagen.

Joaquín Sabina: “Nos sobran los motivos”.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Miradas

Cuenta Joaquín Sabina que, cuando llegó a Madrid por primera vez, los edificios le parecieron demasiado altos, las mujeres demasiado guapas y el güisqui demasiado caro. No era más que un chaval de pueblo estupefacto ante un mundo nuevo, pero ese apocamiento provinciano, del que hoy casi nadie puede presumir, le ayudó a dar la importancia justa a cada cosa.
Deben ser muchos los males que se curan viajando, pero me temo que en este tiempo empachado de posibilidades hayamos perdido cualquier oportunidad de sorpresa. Son ya pocas las miradas asombradas y asombrosas, las miradas de quienes se adentran en territorios absolutamente desconocidos, las miradas en las que antes solía ocultarse la más sincera forma de respeto.
Pie de foto: Joaquín Sabina. Sitio web de la imagen.