Billy Wilder nació en Sucha. Por tanto, a lo largo de su vida fue austrohúngaro (bendito Berlanga), austriaco, alemán y, finalmente, polaco. Pero no pienso en Wilder mientras escribo. Pienso en los miles de austrohúngaros que sufrieron la gran noche europea y que nunca llegaron a ser polacos.
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lunes, 12 de febrero de 2018
martes, 10 de mayo de 2016
La abuela Europa
Cada vez que hago el recuento,
confirmo que somos muy pocos los nietos de Europa: me bastan los dedos de una
mano. Aunque esta particularidad no nos circunscribe a un espacio geográfico
concreto, si podríamos decir que delimita el territorio familiar que habitamos
desde la niñez: el territorio inexpugnable de la memoria.
El bisabuelo Eduardo debió pensar
que no existe frontera que no merezca ser profanada cuando dio rienda suelta a
sus ideas más vanguardistas, lo que, en aquella Granada rural de entresiglos, no podía acarrear más que incomprensión
y algún que otro problema. Contado así, puede parecer una broma, pero a mi
abuela la llamó Europa y, a sus hermanas, África y América. Desconozco si por
aquel entonces Oceanía era ya un continente digno de ser tenido en
consideración o si él sentía algún tipo de animadversión por Asia, pero a su cuarta
hija la inscribió como Eufrasia para enfatizar, tal vez, la trascendencia que
la tierra del Éufrates tuvo en la evolución de nuestra especie. Con los varones
no voy a extenderme, aunque me consta que tampoco escaparon a sus devociones
científicas, pues otro de sus hijos se llamó Arquímedes.
No recuerdo en qué escena de Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939) se
afirma que nadie puede ser tan feliz sin
ser castigado por ello. Eduardo no era ningún cándido y sabía, de antemano,
que los nombres elegidos para sus hijas no agradarían a aquella Iglesia
decimonónica, por lo que decidió bautizarlas con otros extraídos cristianamente
del santoral. Pero se aseguró de que nadie pudiese arrebatarles sus verdaderas
identidades inscribiéndolas como tales en el registro civil y en la memoria de sus
coetáneos. Hasta tal punto lo consiguió, que ni yo mismo sabría decirles cuáles
fueron esos otros nombres bendecidos por el cura en la pila bautismal.
![]() |
| Europa y Eufrasia en su tienda de ultramarinos. Década de los setenta. |
Convengamos que el pensamiento
avanzado del bisabuelo Eduardo y su veneración por la Cultura y el Humanismo no
podían acarrear más que problemas, pero nadie se hubiese atrevido a vaticinar
entonces que éstos alargarían sus tentáculos hasta un siglo después. Y es que sus
audaces ocurrencias tuvieron mucho que ver en mi primer desencuentro con la Autoridad. No tendría yo más de
catorce o quince años cuando una pareja de la Guardia Civil de
Guadix, que esa noche hacía la ronda en mi pueblo, me pidió la documentación al
verme deambulando con una litrona caliente.
Como me fue imposible identificarme (seguramente no tendría aún ni el DNI), me
preguntaron por mi familia. Pude haberles dicho que mi padre, Pepe Luis, regentaba
un ultramarinos en la calle Ancha; que mi abuelo, Antonio Clares, era el guarda
forestal; o, simplemente, que mi casa estaba un par de manzanas más arriba. Pero
preferí, quizás impulsado por la desfachatez que nos concede la dosis exacta de
cerveza, regresar al territorio inexpugnable de mi memoria y responderles como creo
que le hubiese gustado al bisabuelo Eduardo, decidí profanar una frontera con
la esperanza de que él también la hubiese profanado un siglo atrás, aún sabiendo
que mis palabras no provocarían más que su hilaridad o su cólera, que pensarían,
con total probabilidad, que un niñato
estaba intentando mofarse de ellos: soy
nieto de Europa.
sábado, 23 de noviembre de 2013
Cinco años de cine
En estos días, mientras el otoño se
desliza sobre nuestras junglas de asfalto, Abril se nos pone de
conmemoraciones. Nos cuenta que cumple cinco años su apartamento, ésa habitación
parisina con vistas al Pisuerga. ¿Quién puede negar que los ríos con talento fluyen
por donde quieren?
Hace un par de años que tengo las
llaves de su bitácora y, como en la película de Wilder, entro y salgo a mi
antojo sin dar demasiadas explicaciones. Pero mi proverbial discreción me
impide entrar en detalles. Sólo les contaré que, en la misma puerta, nos
reciben las palabras de “Un tranvía
llamado deseo” y que, al cruzar esa frontera, las paredes huelen a cine y
más cine.
En fin, basta con asomarse a
alguna de sus ventanas para confirmar que la primavera es amable incluso cuando
se adorna de hojas secas. Y por eso festejo que Abril siga esbozando las costuras
de nuestros sueños, los inolvidables matices de aquellos inviernos que fueron
filmados en blanco y negro.
Pie de foto: Cabecera de “El apartamento en París”.
viernes, 26 de octubre de 2012
Purchena
Ayer, repasé mis poemas en Purchena.
Fue una lectura distinta a las que había hecho antes. Creedme si os digo que no leí para desconocidos. Estaba en casa, en una de esas casas que uno tiene repartidas por el mundo y que todavía desconoce. Qué inmenso parece el patrimonio del viajero y qué fácil resulta perderlo todo.
Le agradezco a Manolo Sola su labor en favor de la Cultura, de la juventud. Sin personas como él, sin nuestros pueblos, la Literatura sería únicamente una sección ociosa del Telediario. Pero sobretodo le agradezco su pasión por El apartamento de Billy Wilder y que, pese a este tiempo que nos está tocando vivir, sea uno de esos tipos que todavía se niegan a mirarse en un espejo roto.
Pie de foto: A ras de pueblo. Martínez Clares, 2010.
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