El viernes sabremos cómo murió
Pablo Neruda. Un comité de expertos, entre los que no se encuentra poeta alguno,
dictaminará si se lo llevó un cáncer asesino o fue, por el contrario, víctima
de ese veneno sigiloso que utilizan los justicieros cuando ajustan sus cuentas.
Juan Carlos Onetti -un célebre
acostado- sabía que se puede estar al borde del abismo incluso en una cama y, aquel
septiembre del setenta y tres, la de Neruda ya olía a muerte inacabada, muerte
que habría de subsistir en nuestras preguntas y sus versos.
Sospecho que los difuntos no
conocen la impaciencia pero, mientras ellos dilucidan su epitafio, Matilde, aún
hoy, le aguarda en su tumba de Isla Negra.
Pie de foto: Pablo Neruda.
