Donald Hall ya sabía que, cuando
la enfermedad regresase, no dejaría de leer el Globe. La leucemia podía separarles pero no iban a permitir que sus
mascotas, el huerto donde se recuperaban del rígido ejercicio de la rutina, o
las salas caprichosamente iluminadas de recuerdos en las que escribían por
separado, el uno sobre el otro, dejasen de existir.
Hall, que acababa de superar un
cáncer, describió sin dramatismos los quince meses de enfermedad que hubo de soportar
su esposa y ella, sedosamente, a cambio, fue corrigiendo ese diario como quien remienda
con la perseverancia de un poeta moribundo su propio epitafio. De la narración de aquellos días
pálidos y de las cartas dirigidas a alguien que ya no está, nace Without (Vitruvio, Madrid 2013): “Vivo en un presente lleno / de aniversarios
y objetos: / tu alfiletero; tus zapatillas blancas; / tu secador de pelo, / la
etiqueta albahaca escrita en
una caligrafía que conozco; / una mancha en unas sábanas estampadas".
Después de leerlo, descubrimos
que no nos hizo falta conocer a Jane Kenyon para sentir su pérdida, porque Donald
Hall consigue con sus versos que todos, de alguna manera, la perdamos. Y lo
consigue a través de una cotidianidad carente de tragedia, porque el dolor y
sus emociones, con frecuencia, se posan en los hechos más triviales: en el luto
silencioso de un perro derrumbado junto al fuego, en el jardín donde aún brotan
tenaces las flores o en la nieve que sigue colonizando, cada invierno, los
suaves caminos de Eagle Pond que
nos conducen hasta su tumba.
Pie de foto: Donald Hall.
