Escribo desde Vivaldi -Avda. Reino de España, 184-, entre conversaciones que se enhebran y lecturas apresuradas. El bacalao gratinado se demora lo suficiente como para esperarlo con avidez y, mientras, hablamos de Educación. Coincidimos en que, en la actualidad, la labor docente se reduce a responder a una enorme carga burocrática, de manera que el maestro pasa la mayor parte de su tiempo cumplimentando todos esos absurdos documentos que mantienen satisfecha a una Administración maleducada.
Entre líneas, lleno mi copa con la sangre frutal de Arzuaga.
Sé que ninguno de mis jefes me lee y, por tanto, puedo escribir con total libertad que la Educación ahora, como hace mil años, se fundamenta tan sólo en un maestro con veinticinco alumnos y bastantes cosas que aprender. Por eso, todavía me reconforta tanto leer palabras como las que ha cincelado Muñoz Molina en su bitácora: “Un maestro, un libro, un bolígrafo, un aula, pueden cambiar el mundo. En lo que a mí respecta, me cambiaron la vida”.
A mí también, maestro Antonio. A mí también.
Pie de foto: Herramientas. Martínez Clares, 2010.



