El Bulli no se cierra.
Simplemente se transforma.
Convengamos que la gastronomía es una de las artes más efímeras porque a la hora de comer estamos todos muertos de hambre.
Por eso, en Cala Montjoi, han decidido que los conjuros se lleven a cabo a puerta cerrada, aunque seremos puntualmente informados de las nuevas exquisiteces mediante sugestivas notas de prensa.
Intuyo que cerrar un santuario gastronómico es como cerrar un libro que se termina: duele, aunque ya nos lo hayamos comido todo.
Pie de foto: La buena mesa. Martínez Clares, 2011.
