Convengamos que, en una novela,
el escenario puede determinar el desarrollo de la acción, la caracterización de
los personajes e, incluso, el ritmo narrativo. Pero existen novelas en las que
el contexto natural define el lenguaje mismo. Abran, si la tienen a mano, Ágata ojo de gato y vaguen junto al
verbo que avanza pantanosamente por los lodazales de la memoria. Prueben,
ahora, exhaustos todavía, con Las ratas.
Aquí, los enunciados exhalan un vaho que paraliza la esperanza y sus vocablos
se yerguen inmediatos y solitarios como los álamos varados en la orilla de un
riachuelo castellano. En la primera, la cadencia pecaminosa, húmeda, de la marisma.
En la segunda, el hielo agarrado a los campos del porvenir.
Pie de foto: “Ágata ojo de gato” y “Las ratas” en ediciones de Seix Barral y
Destino.
