En una de sus canciones memorables, nos confiesa José Ignacio Lapido que el futuro ya no es lo que era. El nuestro -el de Gor me refiero-, con el paso de los años y la aceptación de los peores augurios, está adquiriendo una atmósfera propia de la mitología. Porque a Gor, en la actualidad, le sucede un poco como le sucedía a la Comala de Rulfo o al Macondo de García Márquez o a la Mágina de Muñoz Molina. Le sucede que, con sólo nombrarlo, ya sabe a literatura. Cojan, si no me creen, una revista cualquiera de antaño, una de esas que atrapan el polvo sobre los anaqueles de una estantería olvidada o que reposan en el fondo de una caja de cartón bajo las facturas, los recibos de la fábrica de luz, las cartas de la Agencia Tributaria y algunas fotos de Blas El Retratista en las que, con el tiempo, se han colado los martinicos. Cojan, por ejemplo, la revista 55 en la que Antonia M. Jiménez Manzano escribió sobre la mítica banda de música de Gor. Nos contaba por entonces Antonia María que, cuando aquella banda actuaba en las fiestas y acontecimientos de otros pueblos, a su regreso siempre repetía el mismo rito: al llegar a las inmediaciones de Gor, uno de sus músicos tiraba un cohete y, seguidamente, atacaba las primeras notas del pasodoble que iba a acompañarla durante su trayecto hasta a la plaza. Me baila el corazón de sólo pensarlo. Me baila del mismo modo que me baila cada 6 de agosto cuando escucho el estruendo de la banda de música de Jérez del Marquesado rompiendo la mañana, una banda que está viva, que todavía no vive, como la nuestra, del mito y la literatura. Me baila igual que me baila cuando llegamos a la plaza y nos olvidamos por completo de los peores augurios, y nos saludamos y nos besamos y nos abrazamos. Igual que cuando nos acodamos en la barra del Sebas para tomarnos un par cervezas mientras sestean las trompetas de esta fotografía y, desde el balcón del Ayuntamiento, nos reconviene el pregonero. Eso me pasa: que me baila el corazón ahora y que me bailará mañana y todos los días que me queden por vivir, porque ya escribió Galeano -a Eduardo me refiero- que todos somos mortales hasta el primer beso y la segunda copa de vino.
Siento el mismo vértigo de siempre, el vértigo que siento cada vez que me asomo a un nuevo libro de Antonio Muñoz Molina. Antes de lanzarme al vacío, pongo en marcha el protocolo del fetichista: lo palpo, lo huelo, compruebo el tacto de sus páginas (esta vez viene cosido y se lo agradezco a Seix Barral), me detengo en las tapas, busco alguna incipiente dedicatoria inicial y poco más: mi oficio de lector me avisa de que ésta no es tarde para libros: lo cierro como si cerrase una caja fuerte, y lo deposito entre los estantes. Tal vez, arrimarse al precipicio de la lectura requiera de unas condiciones determinadas que todavía no se dan. Pero no me preocupa lo más mínimo. Cuando sea el momento, sé que será el libro quien me avise.
Pelayo retratado a
traición. Martínez Clares, 2010.
Uno
puede narrar la vida en el pueblo de dos maneras: la primera sería a lo Miguel
Delibes en Las ratas. El pueblo como
un ecosistema del que nunca se aspira a salir y desde el que se mira con recelo
a quienes eligieron aventurarse extramuros de la costumbre; la segunda podría
ser a lo Muñoz Molina en El jinete polaco.
El pueblo como una cárcel inexpugnable que sólo se soporta si cada noche te
sueñas excavando un túnel para escapar de allí.
Yo
fui de los que pasé la mayor parte de mi juventud en un laberinto de secano(*) y comulgué, según épocas, con ambos
enfoques, pero finalmente excavé mi túnel y me evadí dejando atrás esa otra
vida que nunca llegaré a conocer. Pelayo, en cambio, decidió quedarse o, más
bien, decidió regresar antes de que fuera demasiado tarde. A él -y a otros como
él- el pueblo les debe mucho, aunque sospecho que nunca se lo agradecerá lo
suficiente. Por mi parte, yo sí les agradezco que todavía me quede un lugar
donde volver.
(*)
Joaquín Sabina en Esta boca es mía
(Ediciones B, 2010).
“Una moneda en la ranura de la máquina de discos y en menos de tres
minutos se acaba la música, y con ella la exaltación de tanta ternura
imaginada, la plenitud furiosa de las guitarras y la batería, tantas
afirmaciones y huidas y búsquedas demasiado perentorias para que alguien o algo
las satisficiera”.
“Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Otis Redding, estaban
muertos cuando a nosotros nos revivían sus discos, de Eric Burdon y de Lou Reed
nos dijeron que eran muertos en vida, aniquilados por la heroína y el alcohol”.
Antonio Muñoz Molina, El jinete
polaco (Planeta, 1991).
Justification:
Hay libros que no pueden
concebirse en silencio, libros que, con sólo abrirlos, dejan escapar sus
músicas para que las escuchemos igual que las escucharíamos en cualquiera de
los bares en los que todavía nos escondemos de nosotros mismos, libros que nos
devuelven aquellas canciones que aún subsisten en los vericuetos más
inaccesibles y privados de nuestra memoria, allá donde nunca llegan las interferencias
ni las modas del exterior, libros que nos dejan acariciar por unos instantes las
notas impresas en cada una de sus páginas, los títulos, los grupos, los sonidos
que definen cada una de mis edades y que delatan a los personajes y, por ende,
a su autor. El jinete polaco es uno
de esos libros que no se callan nada. Escúchenlo.
Corre el año 1972. En el bar
Martos, los jóvenes de Mágina flirtean con la modernidad. Algo huele a cambio y
Muñoz Molina nos lo narra apoyándose en la llegada de las nuevas corrientes
musicales. Éstas son algunas de las canciones que irán sonando en la rockola
del Martos, ésta es parte de la música citada expresamente en El jinete polaco,
la novela con la que el autor de Úbeda se alzó con el Premio Planeta 1991.
Songs:
1. Riders on the storm.
Empezamos con Riders on the storm de los Doors, la
canción que da nombre a la segunda parte de la novela y que aparece citada en
la página 222 de la primera edición del libro.
2.It´s only rock´n´roll but I like it.
Aunque Muñoz Molina confiesa, por
boca del protagonista, que le gustan más los Doors, seguimos con It´s only rock´n´roll but I like it, una
canción “bronca y golfa” de los
Rolling Stones citada en la misma página.
3.Hotel Hell.
Son varios los momentos de la
narración en los que Muñoz Molina escribe con devota admiración sobre Eric
Burdon, solista de The Animals.”Movía los
labios como si la voz de Eric Burdon fuera mía”, escribe el de Úbeda. El
narrador se refiere sobre todo a una canción que cuenta la historia de un hotel
en la frontera mejicana. En ningún momento nos dice el título, pero bien podría
referirse a Hotel Hell, un éxito
lanzado en 1967. “And I´m so very far
from my home”, canta Burdon con “cara
torva y temeraria”. Demasiado lejos de casa. Demasiado a menudo.
4.Walk on the wild side.
Apenas hemos llegado a la página
231, pero ya es el momento de meter las manos en los bolsillos -“take a walk on the wild side”- e
imaginar que uno anda “como un lobo por
una calle de Nueva York o de París”, el momento de olvidar que realmente
caminas por las calles de Mágina y que no eres más que un crío de dieciséis
años. Muñoz Molina cita la canción, pero esta vez omite a su intérprete: Lou
Reed. Quizás existan algunos temas (muy pocos) que no precisan de un cantante
que los ampare. Perteneciente a su álbum Transformer
(1972), este himno supone una vuelta de tuerca en la carrera del genio de
Brooklyn. A destacar la producción de Bowie que le aproxima al Glam rock.
5.Proud Mary.
Proud Mary fue escrita por el cantante y guitarrista estadounidense
John Fogerty, lider de los Credence. Podemos escucharla en la página 230,
nuevamente en la rockola del Martos, con la batería y el bajo vibrando
densamente en el aire, aunque Muñoz Molina nos especifica que no se trata de la
original de los Credence, sino de una versión de 1971 interpretada por Ike and
Tina Turner.
6. My girl (I).
A veces, uno se cruza con una
canción que escapa de la radio de un coche o que se desliza desde un balcón
abierto y esa canción ya sigue contigo mientras buscas por las calles de Mágina
el rostro de Marina y diseñas un futuro de encuentros fortuitos, románticos,
irrealizables. Esa canción pudiera ser My
girl de Otis Redding y Muñoz Molina nos la pincha en la página 339, a finales de mayo,
cuando ya acaba el instituto y el verano cae sobre la ciudad vacía.
7. Summertime.
Créanme: leo en plena ola de
calor y pienso que no tengo otra meta que la de sobrevivir al verano a
cualquier precio: “Era un bar triste y
más bien sucio” pero tenía dos o tres buenas canciones en su máquina de
discos. Muñoz Molina echa a la rockola un par de sus monedas para mi disfrute.
Mientras tanto, afuera, languidece el domingo y, antes de concluir la página
345, suena Summertime, un temazo de
Janis Joplin.
8. The house of the rising sun.
"Aparejaba la yegua y me iba
a la huerta". Por el camino, su evasión eran, de nuevo, The Animals,
aunque Muñoz Molina menciona por segunda vez una canción sin nombrar a sus
intérpretes. Quizás porque se trata de una canción popular americana de incierta
autoría: "The house of the rising
sun". Dentro de ella, se conjuran el ritmo y las letras capaces de
llevarnos lejos de aquí, a esos otros lugares tan imaginados como inaccesibles:
murmurar canciones sólo para no estar en este mundo, en la Mágina de los
primeros setenta, a pocos pasos de la página 309.
9.Whole lotta love.
De garito en garito vamos pasando
los días. La máquina de La Cueva
Árabe tiene peores canciones que la del Martos, pero allí están los Led
Zeppelin con su Whole lotta love. Desde
su terraza, veo cómo el verano sigue apoderándose del valle del Guadalquivir
sin darme cuenta, todavía, de que ya llevo 376 páginas de buena música.
10.Brown sugar.
Llegas a un país extraño, un país
del que has oído hablar y que consideras rancio, un país todavía anclado en
unas costumbres inalterables que rigen su devenir como ritos, pero te asomas a cualquiera
de sus calles y, al abrirse la puerta de un bar, escuchas "Brown sugar" y entonces piensas que
jamás hubieses imaginado que en la España del 72, aquel año lejano y abstracto
en que yo nací, alguien pudiese escuchar a los Rolling Stones.
11. You´ve got a friend.A
veces, sucede que la canción que no recuerdas se convierte en la más
importante. Porque una canción puede, por sí sola, explicarlo todo. Aunque para
ello tengamos que llegar hasta la página 480 y dejarnos llevar por Carole King
y su “You´ve got a friend”.
12. Break on through to the other side.
La banda sonora de "El
jinete polaco" es mucho más amplia y variada, pero me he limitado a
reseñar las canciones que creo que más le gustan al protagonista o que, tal vez,
significaron algo importante para él, o para Antonio Muñoz Molina. Quizás para
mí mismo. Canciones, en definitiva, que marcan momentos determinantes en la
trama y que le proporcionan viajes de ida y vuelta al recuerdo.
Una historia que se desarrolla a
través de la música, a través de su memoria, debería contar con un tema que
cerrase el círculo, y éste me parece bastante propicio: "Break on through to the other side".
Estamos en la página 315 de aquella primera edición de Planeta. Sólo han pasado
veinticuatro años y tres lecturas. Disfruten de los Doors.
Epilogue:
Mi madre me observa estos días
con el libro debajo del brazo, en el bolso, cerca del sillón en que sesteo, y
probablemente se pregunta qué hace conmigo, tan cercano, después de tantos
años. Tal vez por eso, sin venir a cuento, me dice que está leyendo “Como la sombra que se va”, la última novela
de Muñoz Molina, y que cree que ha perdido gran parte de la poesía que tenían
sus primeros libros. Le respondo que algunos autores con el tiempo adquieren
más oficio y, a cambio, sacrifican pequeñas dosis de emoción, pero que no
coincido con ella. Ah, por cierto, “El jinete polaco” siempre viene conmigo
porque me explica, me rescata, me hospedo en él.
Caption: La primera
edición del libro de Antonio Muñoz Molina que ganó, en 1991, el Premio Planeta.
Se trata de uno de aquellos primeros 210000 ejemplares. Martínez Clares, 2015.
*Note: En “El jinete
polaco”, se mencionan otras muchas canciones, algunas en diversas ocasiones
para resaltar que sonaban mucho en aquel momento, pero son músicas que no llegamos
a escuchar del todo, músicas impresas en la nostalgia del protagonista,
calladas para el resto del mundo, silenciosas en su armonía, inexplicables en
su diversidad. Éstos son otros temas e intérpretes que se dan cita en el libro:
Los Canarios, Get on your knees; Juanito
Valderrama, El emigrante; Slade; Aretha Franklin; Sam Cook; The Beatles, I
wanna hold your hand; Concha Piquer, En er mundo y Suspiros de España; Miguel
de Molina; Jimy Hendrix; Demis Roussos, We shall dance; Antonio Molina, Soy
minero; Porrina de Badajoz; Manolo Escobar; Fórmula V; Joselito; Jane Birkin
and Serge Gainsbourg, Je t´aime, moi non plus; Roberta Flack, Killing me softly
with his song; Jacques Brel; Ne me quite pas; Joan Manel Serrat).
Disculpen la tardanza. He estado
fuera unos días, en Lisboa, sin pisarla siquiera, de la misma forma que estuvo
allí aquella chica del instituto hace más de veinticinco años, una chica ni
guapa ni fea, ni tonta ni lista, algo pedante, eso sí, siempre recluida en esos
jerseys de lana que tejían nuestras abuelas, con un lápiz ágil en la mano, lápices
cargados como armas de la memoria, dispuesta a tomar nota de todo lo dicho, una
chica aparentemente letraherida que iba al aula de al lado, una como tantas
otras de nuestros pueblos en una época en la que era más que improbable que
alguien, a los dieciséis, pudiera viajar a Lisboa o a cualquier otra parte si
no era leyendo, por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina.
Tecleo Lisboa y emergen en la
pantalla ventanas innumerables: Lisboa es la capital y la mayor ciudad de
Portugal; Lisboa está situada en la desembocadura del río Tajo; hay que viajar
a Lisboa por su cercanía, por sus tranvías, por sus monumentos; el Museo de la Marina es perfecto para los
niños, para los adultos, que adoren los objetos náuticos.
Me ha encantado Lisboa, le dijo en el turno de intervenciones que
sucedió a la breve charla de Muñoz Molina. Me
ha encantado Lisboa. Se lo dijo con la tranquilidad que no suele
concedernos la juventud, con la desidia del viajero que acaba de regresar a la
maldita realidad, con la inercia de alguien que ya ha entregado todo su futuro a
los libros. Y Muñoz Molina, aún poco curtido para estas lides, inhábil todavía
para los acertijos inmediatos del lenguaje oral, para los auditorios
abarrotados de gente que te mira, que te escucha, en los albores de su
prometedora trayectoria como hombre de letras, sin saber aún que al curso
siguiente, con tan sólo treinta y dos años, ya formaría parte del temario de
Selectividad, le preguntó cándidamente que cuándo había estado allí. Y ella,
aquella chica de pueblo que ya apenas tiene rostro ni nombre, sin inmutarse,
derramando las palabras desde su recuerdo, le respondió que había estado tan
sólo hacía unos días, mientras leía El
invierno en Lisboa.¿No lo sabías? Tú
me llevaste allí.
Las horas ante la pantalla agotan
los ojos, aumentan la tensión de las cervicales, la rigidez de un cuello mal
educado, incrementan mi urgencia por saber algo más: Lisboa es lo
suficientemente pequeña como para no sentirse desbordado por su tamaño; la Baixa comienza en el norte,
en las Praças do Rossio y Restauradores, y es una zona extrañamente
llana entre colinas; la Praça do Comercio es una explanada abierta al
río Tajo; no perderse el barrio de Alfama, la catedral, el castillo; el Chiado
y el barrio alto.
Muñoz Molina, sobrepasado por la
situación, desconcertado en parte por no haber descubierto el juego de aquella
muchacha con la antelación suficiente, sólo pudo bajar la mirada, entre vanidoso
y furtivo, para inmediatamente cambiar de tema.
Desde aquella mañana de mil
novecientos ochenta y ocho, Antonio ha visitado Lisboa al menos tres veces más
y en cada una de ellas ya no era el mismo viajero de la ocasión anterior, ni
tan siquiera el mismo escritor de provincias que nos habló en el instituto. Yo,
en cambio, he tenido que esperar todo este tiempo para poder regresar a Lisboa.
Pero he vuelto a una Lisboa en la que no suena la música del jazz ni se expande
entre la melodía de los metales el humo meloso de los cigarros, la Lisboa que a él también le
pareció una Granada mirando al mar. Esta Lisboa de Como la sombra que se va, la que hoy piso, es una Lisboa portuaria
que huele a salitre y pescado, una Lisboa de hoteles decadentes y sucios, de
bares húmedos, sombríos, bares sin horarios en los que se bebe y se ama mientras
dure el crédito o la salud, la Lisboa
que dio cobijo sin saberlo, durante diez días, al asesino de Martin Luther
King.
En Internet, Lisboa es sólo un
producto que se ofrece al mejor postor: Lisboa en un día, ¿Alguien sabe cómo
narices funcionan los tranvías de Lisboa?, descargue el plano interactivo e
indescifrable de Lisboa. Hay que cerrar la búsqueda, seleccionar pacientemente
las palabras clave, engañar a los buscadores, huir, mientras sea posible, de
los 1100 hoteles baratos de Lisboa: James Earl Ray pasó en Lisboa diez días
tras asesinar a Luther King.
De allí regreso ahora, de la
prosa provinciana de un narrador majestuoso, del lenguaje preciso como único
medio para derrotar al olvido, de las palabras que nacen sólo para reconstruir obsesivamente
los hechos y dar una segunda oportunidad a los personajes, incluso a los que ya
están más que muertos y van a vivir, de nuevo, durante unos minutos o durante
cien páginas si es necesario en la imaginación colosal de Muñoz Molina,
invulnerables ya al paso del tiempo, a la devastación del olvido, a la muerte.
Se retiran las aguas y el Tajo
descubre su frágil legado de pérdidas. Y allí, en Cais das Colunas, junto a la Praça do Comercio, me
encuentro con aquella chica sin nombre que también se irá, como yo, de Lisboa
al día siguiente, apenas lea el último renglón y cierre lentamente el libro que
han acariciado sus manos durante unos días. Me
ha encantado Lisboa. La miro a esos ojos que no recuerdo y acordamos
regresar despacio, juntos, negándonos a abrir otro libro diferente, esperando
que Muñoz Molina nos lleve de viaje pronto. Nuevamente. Donde él quiera.
El
verano es un desierto adulto en el que algunos niños descubren el hielo.
En
este momento, puede que usted ande por Macondo, Vetusta, Comala, Mágina,
Argónida o Calabuch. Yo, en cambio, aguardo la llegada del frío sentado en un pueblo
granadino de nombre breve pero de sonoridad mitológica.
A
los que estén por Comala les deseo que sigan vivos a su regreso y, al resto, sólo
decirles que nunca olviden que todos esos lugares que ahora recorren absortos y
que nos parecen mentira existen porque alguien como nosotros los imaginó alguna
vez.
Mirar es una vocación solitaria de conocimiento y viaje.
Antonio Muñoz Molina.
Disculpen si pienso que la vida
consiste principalmente en mirar. Pero un mirar sin soledades, porque en
realidad nadie está solo del todo cuando nos sentamos ante una pantalla de cine
o ante un libro, o cuando nuestros ojos se quedan atrapados en la mirada de
otra persona desconocida que también nos mira, o cuando éstos comen, temen,
desean o conjeturan.
Les deseo que en este 2014 no
pierdan su tiempo en banalidades. Miren ustedes mucho y después, si son tan
amables, cuéntenme lo que han visto.
Pie de foto: El mar. El tiempo. Martínez Clares, 2011.
Escribo desde Vivaldi -Avda. Reino de España, 184-, entre conversaciones que se enhebran y lecturas apresuradas. El bacalao gratinado se demora lo suficiente como para esperarlo con avidez y, mientras, hablamos de Educación. Coincidimos en que, en la actualidad, la labor docente se reduce a responder a una enorme carga burocrática, de manera que el maestro pasa la mayor parte de su tiempo cumplimentando todos esos absurdos documentos que mantienen satisfecha a una Administración maleducada.
Entre líneas, lleno mi copa con la sangre frutal de Arzuaga.
Sé que ninguno de mis jefes me lee y, por tanto, puedo escribir con total libertad que la Educación ahora, como hace mil años, se fundamenta tan sólo en un maestro con veinticinco alumnos y bastantes cosas que aprender. Por eso, todavía me reconforta tanto leer palabras como las que ha cincelado Muñoz Molina en su bitácora: “Un maestro, un libro, un bolígrafo, un aula, pueden cambiar el mundo. En lo que a mí respecta, me cambiaron la vida”.
Hace tiempo, Rafael Indi me pidió que escribiese un artículo para su blog. De aquel texto autobiográfico al que la memoria aportó numerosas inexactitudes, rescato estas palabras: “Por aquel entonces, un flamante Muñoz Molina se acercó a las aulas y habló muy poco y con escasa convicción, pero nos dejó un libro que irradiaba una luz desconocida: Beatus Ille pudo cambiarlo todo. En sus páginas, encontramos el presagio del frío y, poco después, el jazz se adueñó de Lisboa y de nuestro futuro. Aunque nuestras palabras todavía estaban ligadas a la música, ya comenzaban a disfrutar de una melodía propia entrelazándose con las suyas. Mientras le leíamos, nos hicimos mayores cuidándonos lo justo”.
Puede que tengas la culpa de todo, maestro. Gracias y enhorabuena.
Pie de foto: Antonio Muñoz Molina. Edición de Martínez Clares sobre foto extraída de Twitter.
“Y aunque nosotros, al
mirar uno de esos cuadros, nos pongamos del lado del hombre -qué remedio- poco
a poco empezamos a mirarlo con la misma sensación de tener delante a un ser
incomprensible que tal vez inquieta al animal”.
A. MUÑOZ MOLINA. El atrevimiento de mirar.
No
recuerdo dónde perdí a mi tigre de Bengala.
Debió
de caerse del bote cuando me olvidé de soñar despierto y acepté que la realidad
debe ajustarse a un guión establecido.
El
caso es que anoche volví a sentir su instinto luchando contra la nimiedad del
océano y, entonces, entendí que nuestros destinos no siempre tienen que fondear
en la derrota.
Dejen
que les cuente: yo estaba, una vez más, yaciendo en la rutina. Por eso, para
verlo como es debido, tuve que cerrar bien los ojos. Pasó muy despacio junto a
mí antes de adentrarse en un mundo tan real como inexplicable. Juraría que me
miró como deben mirar los espejismos a quienes más los necesitan. Me pareció exhausto
en su grandeza. Lógico. Dicen que venía de vencer al mar.
Pie
de foto: Cartel de la película "La vida de Pi".
Los libros de poesía se leen en un momento que puede durar casi toda la vida. Están por todas partes, siempre al alcance de la vista. Los he encontrado abatidos sobre la mesita de noche, relegados en los anárquicos estantes de un pasillo, olvidados junto a ese televisor siempre mal apagado. Uno pasa junto a ellos y recae. Los abrimos despacio, al azar, y descubrimos que es muy fácil recuperar su pulso.
Con la poesía se convive porque nunca se marcha del todo. En cambio, conozco novelas que se han largado sin dar demasiadas explicaciones. Un día cualquiera, de repente, se acaban con brusquedad, como si cayesen presas de algún giro paradójico de la historia, y nos dejan torpemente agarrados a un rastro que se va disolviendo entre otros rastros de la memoria. Nos quedamos con un libro ya callado para siempre en las manos, igual que aquella mujer de la habitación de un hotel de Hooper. Pero no hay remedio para el hombre que lucha contra el paso de los días y, con los años, se nos plantea la disyuntiva de volver sobre el relato y comprobar cómo ha tratado la vida a sus personajes. No me negarán que eso puede acarrear sus consecuencias, pues ¿quién no teme ensuciar el recuerdo de una historia que ya hemos sacralizado en la distancia? Quizás sea entonces cuando intuimos que es preferible añorarlas. Añorarlas del mismo modo que estoy añorando a Judith Biely o a Sophie Gottlieb, añorarlas igual que añoro a otros muchos personajes que se fueron de puntillas y juraron no regresar jamás.
Pie de foto: Habitación de hotel. Edward Hopper, 1931.
Quien haya tenido la suerte de leer a Muñoz Molina sabe que nos encontramos ante un gran observador, uno de esos autores que camina absorto por la cotidianidad para después ponerla ante los ojos de aquellos que no miramos con tanta vocación. Y es que, como nos explica en Las apariencias, “mirar es una vocación solitaria de conocimiento y viaje”.
Pero, en realidad, nadie está solo del todo cuando se sienta ante una pantalla o ante un libro, o cuando nuestros ojos se quedan atrapados en la mirada de otra persona que también nos mira, o cuando éstos comen, temen, desean o conjeturan.
Quizá para unos ojos expertos no existan las falsas apariencias, porque saben ver los matices que la conducta humana esconde y nos sugieren que todo lo que aflora a la superficie dice de nosotros mucho más que nuestras palabras.
Hace unos días, Rafael Indi me invito a escribir un artículo en su blog ”Pequeño animal en disturbio”. Pretendía saber cuál fue ese primer libro de poesía que llegó a mis manos, de dónde nace este río que sigue bañando mis poemas, quién puso la primera palabra en esta historia aún por escribir. Y yo, ciertamente, no le hice del todo caso y me fui un poco por las ramas. Este es el resultado: Doce Canciones Sin Piedad. Pie de foto: Sentir Granada. Martínez Clares, 2008.
Pensaba Bourdieu que la educación legitima la perpetuación del orden social, puesto que las jerarquías académicas no son más que una fiel reproducción de las jerarquías sociales.
En la misma línea del galo, escribe Muñoz Molina en la revista Mercurio: “Lo que menos perdono a los políticos y a los pedagogos españoles es que, en nombre de un demagógico igualitarismo, han fortalecido escandalosamente la desigualdad” (Artículo completo).
Sonrío y recupero el recuerdo ya impreciso del primer colegio donde enseñé. En la puerta principal, escoltado por airosas banderas, un cartel colocado por la Administración correspondiente anunciaba: “Colégio Publico Los Algárves de Goráfe”.
Pie de foto: Como decíamos ayer. Martínez Clares, 2010.