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miércoles, 27 de febrero de 2013

Bip bip

Detesto a los tipos infalibles, esa clase de personajes que jamás cometen un error y que, además, se comportan de manera despiadada con los errores ajenos. Por eso, nunca me gustó el Correcaminos.
Sé que no es muy popular lo que voy a decir, pero confieso que, discretamente, siempre fui seguidor del Coyote. Aunque parezca paradójico, acabé solidarizándome con ese depredador famélico, ese pésimo estratega atrapado en un cuerpo voraz al que nunca vimos probar bocado. Tal vez, me gustaba porque sus desgracias eran tan humanas como sus ambiciones.
De la serie, recuerdo sobretodo su crudeza. Cada capítulo representaba la cruenta lucha entre el hambriento y el poderoso, el fracasado que nunca termina de entregar la cuchara y aquel que siempre sobrevive enfermo de éxito. Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que es ésta la lucha ancestral del Mundo en todo su esplendor. En todo su patetismo.
Pie de foto: El Coyote.