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miércoles, 8 de enero de 2020

Y cada año la inmortalidad

Trompetas (Martínez Clares, 2019).

En una de sus canciones memorables, nos confiesa José Ignacio Lapido que el futuro ya no es lo que era. El nuestro -el de Gor me refiero-, con el paso de los años y la aceptación de los peores augurios, está adquiriendo una atmósfera propia de la mitología. Porque a Gor, en la actualidad, le sucede un poco como le sucedía a la Comala de Rulfo o al Macondo de García Márquez o a la Mágina de Muñoz Molina. Le sucede que, con sólo nombrarlo, ya sabe a literatura. Cojan, si no me creen, una revista cualquiera de antaño, una de esas que atrapan el polvo sobre los anaqueles de una estantería olvidada o que reposan en el fondo de una caja de cartón bajo las facturas, los recibos de la fábrica de luz, las cartas de la Agencia Tributaria y algunas fotos de Blas El Retratista en las que, con el tiempo, se han colado los martinicos. Cojan, por ejemplo, la revista 55 en la que Antonia M. Jiménez Manzano escribió sobre la mítica banda de música de Gor. Nos contaba por entonces Antonia María que, cuando aquella banda actuaba en las fiestas y acontecimientos de otros pueblos, a su regreso siempre repetía el mismo rito: al llegar a las inmediaciones de Gor, uno de sus músicos tiraba un cohete y, seguidamente, atacaba las primeras notas del pasodoble que iba a acompañarla durante su trayecto hasta a la plaza. Me baila el corazón de sólo pensarlo. Me baila del mismo modo que me baila cada 6 de agosto cuando escucho el estruendo de la banda de música de Jérez del Marquesado rompiendo la mañana, una banda que está viva, que todavía no vive, como la nuestra, del mito y la literatura. Me baila igual que me baila cuando llegamos a la plaza y nos olvidamos por completo de los peores augurios, y nos saludamos y nos besamos y nos abrazamos. Igual que cuando nos acodamos en la barra del Sebas para tomarnos un par cervezas mientras sestean las trompetas de esta fotografía y, desde el balcón del Ayuntamiento, nos reconviene el pregonero. Eso me pasa: que me baila el corazón ahora y que me bailará mañana y todos los días que me queden por vivir, porque ya escribió Galeano -a Eduardo me refiero- que todos somos mortales hasta el primer beso y la segunda copa de vino.

lunes, 12 de agosto de 2019

VHS


Santiago Jiménez grabando la procesión. Gor, 2010.

Santiago sabe que el mecanismo de la memoria funciona de forma similar al de una cámara de vídeo. Lo sabe porque gracias a ella, a su cámara, lleva décadas grabando, codificando, almacenando y recuperando toda la información sobre nuestro pasado. En eso, su labor se parece un poco a un cerebro de los de antes, uno de aquellos cerebros que nunca habrían presumido de poseer una memoria de pez ni habrían cedido al Efecto Google y sus designios: No se molesten en recordar nada por su cuenta. Desconozco la capacidad de almacenamiento de los discos duros en los que Santiago va depositando cada una de nuestras hazañas cotidianas, pero probablemente supere las limitaciones del cerebro humano, un órgano en franco declive que antes de la era digital -según estimó Carl Sagan- tenía una disponibilidad de información equivalente a diez billones de páginas de enciclopedia, es decir entre 1 y 10 terabytes. Suena muy bien pero puede que se trate de una minucia al compararlo con lo que intuyo que Santiago Jiménez Navarro legará a las generaciones venideras si es que, finalmente, encontramos a alguien que esté dispuesto a sucedernos e, incluso, a recordarnos.
Esta vez, emulando a Santiago, yo también he tirado de archivo para mi sección. Sabrán disculparme por hacerles recordar. La imagen que nos ocupa ya tiene unos cuantos años -pertenece al día 7 de agosto de 2010-, y basta con echarle un vistazo para constatar que, justo antes de la llegada de los smartphones y de los selfies y de los Highs Dynamic Ranges y de los encuadres de dudosa reputación, hubo un tiempo en que proliferaron los artefactos de grabación de imágenes. De ahí que, como por arte de magia, a Santiago le brotasen camarógrafos por todas partes, camarógrafos armados con videocámaras que parecían diseñadas para la eternidad pero que apenas sobrevivieron un par de veranos antes de agotar su obsolescencia. Con frecuencia, la tecnología no tiene piedad con los suyos. Nosotros tampoco solemos tenerla con lo nuestro. Por eso, como si se tratase de cacharros pasados de moda, olvidamos nuestras cosas y nuestros hechos y nuestros gestos y nuestros propósitos, y lo hacemos sólo porque olvidar nos parece algo normal e, incluso, necesario. Pero Santiago no nos lo pone fácil. Santiago cuida de nuestra memoria. Santiago, desde hace años, carga con su JVC para impedir que nuestros datos almacenados se vayan diluyendo por el paso del tiempo y sus efectos. Su labor siempre ha sido una lucha contra nuestra caducidad. Si no me creen, repasen cuando puedan cualquier vídeo de Santiago y acérquense a todo lo que no se ve ni se escucha en la fotografía que nos ocupa. Acérquense al fragor de las calles, y a las promesas nunca dichas de los pies descalzos, y a las velas que cargan con su llama y con su cera, y a la algarabía de los músicos rompiendo la mañana. Acérquense sin reparos, sin un pero que objetar, porque la memoria afortunadamente funciona como una vieja cinta de VHS, una cinta que podemos rebobinar a nuestro gusto cada vez que alcanzamos la certeza de que el futuro no va a ser para tanto.

viernes, 8 de febrero de 2019

Despedida de San Cayetano

Despedida de San Cayetano, de Fran Jiménez.
Hay un brillo inusitado en esta oscuridad de la iglesia. Un brillo que ha surgido en medio de la negrura para ponerle la guinda. ¿Qué hago yo aquí?, se pregunta. Pero, ¿alguien podría entender la luz sin la existencia de sus sombras? With or without you. Las mejores cosas de la vida dependen de la Física. O de la Química. Ahora mismo no lo recuerdo con exactitud. La luz, la energía, la gastronomía, el amor. Sí. El amor también. Al menos eso concluyen los científicos, desde sus oscuros laboratorios, cada vez que se sienten enamorados y corren hasta sus casas para reproducirse. Me gusta la foto. Me gusta porque hay en ella una luz imprudente que se ha internado, casi sin darse cuenta, en territorio hostil. Y, donde hay luz, suele haber amor. El amor es una bombilla que se enciende sobre nuestra tristeza. Busquémoslo: hay amor en las dos siluetas que se alejan hacia la puerta del templo, una puerta donde las esperan impacientes los martinicos -si no son ellos, lo parecen-. Hay amor en sus manos entrelazadas que suponen el punto de fuga de la imagen. Todo gira alrededor de esas manos. Y también hay mucho amor en la manera en que Fran Jiménez las mira desde su objetivo cuando confirma que van a cruzar la puerta hacia otro mundo muy diferente. Por el título, sé que las dos siluetas acaban de despedirse del Patrón. Por la imagen, que regresan a la realidad. En unos instantes, van a cruzar el espejo de Alicia. Eso van a hacer. Aunque ellas no lo sepan, están recorriendo el camino inverso a la fantasía. Y Fran las ve partir mientras aprieta el disparador de su cámara. Las ve partir igual que las verá partir el año que viene. Y el siguiente. Y así sucesivamente hasta que esas dos siluetas se igualen en estatura y, tal vez, ya no entrelacen sus manos para cruzar el espejo. O tal vez sí. Porque los espejos es mejor cruzarlos de la mano de alguien en quien confías, alguien que lleva todos tus papeles en regla, alguien que te traerá de regreso cuando llegue el momento de regresar. El regreso también debería ser una cuestión de Física y Química. Como el amor a lo que se va perdiendo. Como la luz que cada siete de agosto entra en la iglesia de un pueblo olvidado para recoger a sus moradores y jugar un rato con sus sombras. Con las pocas sombras que nos quedan.

Publicado en la revista Puerta de la Villa (Diciembre de 2018)


miércoles, 15 de agosto de 2018

La sombra del Patrón

Fotografía de Maribel García López.

Maribel García López es una digna heredera de Blas el Retratista. Tiene esa agilidad compositiva que caracterizaba a Blas y que emana de una forma de entender la fotografía con raíz en el francés Cartier-Bresson. Una agilidad que no excluye la autoexigencia. La fotografía es una suerte artística de esencias cinegéticas. Así, al menos, la entiendo yo: un fotógrafo, una cámara y una calle llena de gente. El fotógrafo sale de caza armado hasta los dientes de metáforas visuales. La vida cotidiana es su coto. Maribel, por ejemplo, ha cazado al Patrón en pleno desempeño de su cargo. Es el día grande de las fiestas y la gente ha aparcado el júbilo durante unas horas para adentrarse en el campo de la devoción. La devoción emociona más que el júbilo porque requiere de la contención. La contención emociona. Eso hace. Todo lo que callamos es lo que nos hace ser lo que somos. Existe una devoción enorme por San Cayetano, aunque sólo trabaje un día al año. Aquí, cuando me lea, me corregirá mi madre: San Cayetano siempre nos acompaña. Nos arropa con su bandera a diario. Maribel ha dispuesto la escena con suma maestría. Tan sólo dispone de unas décimas de segundo para cargar su cámara, apuntar y abrir fuego. Esa es la agilidad compositiva a la que me refería antes. Si falla, no tendrá una segunda oportunidad, porque la pieza es escurridiza. Maribel ha invocado la presencia de tres elementos y los ha puesto a bailar una danza cadenciosa: el patrón, la sombra, el farol. Ninguno de los tres puede concebirse ya sin la existencia de los otros dos. Forman un triángulo amoroso. San Cayetano sale muy guapo, como de costumbre, es un Santo de enorme atractivo. Además, su figura está realzada por ese ángulo bajo que ha utilizado Maribel, un ángulo favorecido porque el Patrón es llevado en andas por sus devotos. El farol ilumina la escena. Caravaggio lo hubiese situado fuera de la misma, lo hubiese puesto en un lugar imaginario desde el que llegase una luz focal al rostro del Patrón, en un ejercicio perfecto de tenebrismo. Maribel, en cambio, se vale de ese elemento para dar forma a esa brillante composición triangular, minimizando con buena técnica el exceso de brillo que podría quemar la imagen. No obstante, opino que el elemento decisivo de la escena es la sombra: no se trata de una mala sombra granaína. Estamos ante una sombra bellísima, una sombra que arropa a los otros personajes de la historia, una sombra que oculta lo secundario y dirige nuestros ojos hacia los lugares decisivos, una sombra con anatomía de toro noctívago que embiste a la luz como si se tratase de una alegoría escrupulosa de nuestras fiestas.

Artículo publicado en el nº88 de Puerta de la villa. Agosto de 2018.

sábado, 13 de enero de 2018

Un par de palos



Publicado en la revista Puerta de la Villa, nº86 de diciembre de 2017.

Desde su lanzamiento en mil novecientos sesenta y seis, se calcula que se han vendido más de ochocientos millones de All Star, millones de Converse que, con leves matices, conservan el sello distintivo del primer modelo que apadrinó, en su día, el jugador de baloncesto Chuck Taylor. Hace décadas que perdieron su función deportiva, pero las All Star continúan abrigando los pies de las nuevas generaciones y constituyen un emblema de rebeldía y rock´n roll: Kurt Cobain, Elvis Presley y Jim Morrison son algunas de las leyendas que las elevaron al rango de complemento tribal.
Las de la foto no tienen su característica caña alta, pero mantienen las mismas suelas que han dejado sus huellas por el mundo durante los últimos cincuenta años. El doble nudo de los cordones, las lengüetas deshilachadas por el uso, la pulsera que abraza un tobillo… esta imagen podría haberse tomado en cualquier lugar, pero hay algo que la circunscribe a un espacio geográfico determinado, un nimio detalle que escaparía a los ojos de un observador que no conozca de antemano el contexto de la instantánea: dos palos.
Sí. Hablamos solamente de un par de palos. Dos palos pelaos. Dos palos con algunas cicatrices. Sobre el inferior, descansan nuestras All Star. Aparecen silenciosas, a la expectativa, como si intuyesen que en unos pocos segundos un estruendo romperá la quietud del amanecer, como si supiesen además que, en ese preciso instante, descenderá por el callejón de la calle del Hierro una densa argamasa de hombres y toros, tal y como ha venido sucediendo durante los últimos cuatro siglos. Serán -insisto- tan sólo unos segundos y, cuando todo acabe, las Converse descenderán de los palos como quien desciende de nuevo a la rutina.
Pero, claro, para descubrir todo lo que nos cuenta esta foto sin mostrárnoslo hay que ser de aquí. Porque estas All Star de la imagen podrían haber estado un ocho de agosto a las ocho de la mañana en miles de sitios, pero están en Gor y nosotros, por dos palos, por tan sólo dos palos, lo sentimos y lo sabemos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

El hijo pródigo


Sin saberlo, guardaba un Tàpies en casa de mis padres. Pero no se trata de un Tàpies cualquiera. Es un Tàpies plasmado en la cubierta diseñada por Jaume Bordas para un Vargas Llosa: La guerra del fin del mundo en su primera edición de Seix Barral cuando Seix Barral tenía aún su sede en Tambor del Bruc, 10, en San Joan Despí, muy cerca de nuestra residencia familiar de General Mola, s/n; una edición cuidada por Luis A. Lagos y Alex Zisman; una edición de lujo que ha reposado durante treinta y seis años protegida por un estuche sobre un estante de nuestra casa de Gor, muy cerquita del fuego como todo libro que se precie de serlo.


Lo abro con apetito y en la primera página impar, sobre un fondo que debió ser blanco en otro tiempo, encuentro trece firmas. Son las rúbricas de los compañeros de mi padre en las oficinas de Conisa, sitas en la calle Balmes de Barcelona, trece nombres garabateados que nos devuelven por un momento a aquel lejano veinticuatro de diciembre de mil novecientos ochenta y uno, el día en que se despide de su trabajo como contable tras una década. Guardan los libros más historias de las que cuentan. Tan sólo tres días después, el veintisiete de diciembre, llegamos a Gor para empezar la segunda de nuestras vidas.
Ojeo el libro y me entrego de nuevo al capricho de la aritmética: treinta y seis años esperando que alguien lo agarre con decisión, que alguien pretenda leerlo al fin, porque a pesar de ser un bien muy preciado en nuestra casa sospecho que nadie lo ha leído todavía. Ahora está aquí, en mi barra, junto a mis Alhambras artesanas, entre los juegos de mis hijos y el olor a cena de pueblo, y cuando todos se acuesten lo desvirgaré sin miramientos. Me toca a mí seguir la estela de o fanatico Antonio Conselheiro camino de Canudos, del mismo modo que hace treinta y seis años le tocó a mi padre decidir si basta con emprender el camino de regreso para poder sentirse un hijo pródigo.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Gràcies, paisà

El escritor Javier Pérez Andújar y la alcaldesa Ada Colau entran en el Saló de Cent. Albert Bertran para El Periódico.

La noche del pasado jueves, Javier Pérez Andújar -catalán de San Adrián de Besós, hijo de goreños-, tras aguantar un linchamiento desmedido -como cualquier linchamiento que se precie- por parte de un amplio sector del nacionalismo catalán, pudo leer su pregón de las fiestas de la Merced. No es de extrañar que comenzase su intervención con estas palabras: “Bona tarda, bonsoir, buenas tardes y felices fiestas de la Mercè a todas las autoridades, a toda la gente sin autoridad y a todos los desautorizados en general”.
La raíz de la controversia generada por su designación como pregonero no hay que buscarla en su preparación ni en sus méritos; la raíz de esa iracunda y desproporcionada respuesta habría que buscarla en que Pérez Andújar, que nunca se ha posicionado como unionista, no forma parte del habitual catálogo de ideólogos del independentismo, en su irónica pluma y, además -para qué callarme-, en sus orígenes. Así se refiere a los mismos en una antigua entrevista: “Pero no soy de izquierdas por ideología. Lo soy de una forma más primaria. Mi abuelo era un campesino de Gor (un pueblo de Granada) que defendió la República. Mi padre, un trabajador industrial que militó clandestinamente en el sindicalismo barcelonés. Y yo soy de izquierdas porque me lo ha mandado mi madre”. No me negarán que, cuando su abuelo nació, debía ser lo suficientemente pequeño como para que ese hecho no tenga tanta importancia hoy en día ni suponga un lastre social para sus herederos.
Pero vayamos a lo verdaderamente importante. El pregón de Pérez Andújar supone una sucesión inteligente y emocionada de agradecimientos a quienes edificaron la Cultura en la ciudad de Barcelona y a quienes, con su esfuerzo, con su trabajo, con su vida incluso, edificaron la ciudad misma. Porque, como leyó Javier acertadamente, “La cultura popular (…) nacía de la explotación del trabajo y de la felicidad de la lectura. Como toda la cultura popular”.
No se lo pierdan porque, desde hace unos días, Barcelona es un poco más de todos los barceloneses. De los que lo son y de los que lo fuimos.

martes, 10 de mayo de 2016

La abuela Europa

De pie, a la izquierda, Eduardo Pretel.  A la derecha de la imagen, sentada, su esposa Eufrasia Guzmán. En primer plano, están tres de sus hijas. De izquierda a derecha: África, América y Europa. El resto de personas que aparecen son trabajadores de su taller de tricotosa, situado en la calle Real de Gor. Es imposible determinar el año exacto, pero se trata de la primera década del siglo XX.

Cada vez que hago el recuento, confirmo que somos muy pocos los nietos de Europa: me bastan los dedos de una mano. Aunque esta particularidad no nos circunscribe a un espacio geográfico concreto, si podríamos decir que delimita el territorio familiar que habitamos desde la niñez: el territorio inexpugnable de la memoria.
El bisabuelo Eduardo debió pensar que no existe frontera que no merezca ser profanada cuando dio rienda suelta a sus ideas más vanguardistas, lo que, en aquella Granada rural de entresiglos, no podía acarrear más que incomprensión y algún que otro problema. Contado así, puede parecer una broma, pero a mi abuela la llamó Europa y, a sus hermanas, África y América. Desconozco si por aquel entonces Oceanía era ya un continente digno de ser tenido en consideración o si él sentía algún tipo de animadversión por Asia, pero a su cuarta hija la inscribió como Eufrasia para enfatizar, tal vez, la trascendencia que la tierra del Éufrates tuvo en la evolución de nuestra especie. Con los varones no voy a extenderme, aunque me consta que tampoco escaparon a sus devociones científicas, pues otro de sus hijos se llamó Arquímedes.
No recuerdo en qué escena de Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939) se afirma que nadie puede ser tan feliz sin ser castigado por ello. Eduardo no era ningún cándido y sabía, de antemano, que los nombres elegidos para sus hijas no agradarían a aquella Iglesia decimonónica, por lo que decidió bautizarlas con otros extraídos cristianamente del santoral. Pero se aseguró de que nadie pudiese arrebatarles sus verdaderas identidades inscribiéndolas como tales en el registro civil y en la memoria de sus coetáneos. Hasta tal punto lo consiguió, que ni yo mismo sabría decirles cuáles fueron esos otros nombres bendecidos por el cura en la pila bautismal.


Europa y Eufrasia en su tienda de ultramarinos. Década de los setenta.

Convengamos que el pensamiento avanzado del bisabuelo Eduardo y su veneración por la Cultura y el Humanismo no podían acarrear más que problemas, pero nadie se hubiese atrevido a vaticinar entonces que éstos alargarían sus tentáculos hasta un siglo después. Y es que sus audaces ocurrencias tuvieron mucho que ver en mi primer desencuentro con la Autoridad. No tendría yo más de catorce o quince años cuando una pareja de la Guardia Civil de Guadix, que esa noche hacía la ronda en mi pueblo, me pidió la documentación al verme deambulando con una litrona caliente. Como me fue imposible identificarme (seguramente no tendría aún ni el DNI), me preguntaron por mi familia. Pude haberles dicho que mi padre, Pepe Luis, regentaba un ultramarinos en la calle Ancha; que mi abuelo, Antonio Clares, era el guarda forestal; o, simplemente, que mi casa estaba un par de manzanas más arriba. Pero preferí, quizás impulsado por la desfachatez que nos concede la dosis exacta de cerveza, regresar al territorio inexpugnable de mi memoria y responderles como creo que le hubiese gustado al bisabuelo Eduardo, decidí profanar una frontera con la esperanza de que él también la hubiese profanado un siglo atrás, aún sabiendo que mis palabras no provocarían más que su hilaridad o su cólera, que pensarían, con total probabilidad, que un niñato estaba intentando mofarse de ellos: soy nieto de Europa.

martes, 19 de abril de 2016

Este hueco de torpe inexistencia

A mi amigo Emilio Sáez Ros

Emilio Sáez Ros
Nunca se olvida la última conversación que se mantiene con alguien. No se olvida porque el recuerdo la hace y rehace constantemente, sesgando, añadiendo, cortando, matizando, otorgándole la importancia que en su momento no tuvo, pues cómo pensar que no sería una más de las muchas que hemos mantenido con esa persona sino la última. Hago mis cálculos y creo que la última vez que hablé contigo -amigo Emilio- debió ser el domingo 10 de enero, a eso de las dos de la tarde. Lo sé porque yo estaba comiendo con mis cuñados en la cafetería del hospital donde había nacido mi hijo, Jose, apenas setenta y dos horas antes. “A mi Tulia ya le falta nada”, me dijiste entusiasmado. Fue una conversación breve, como siempre han sido nuestras llamadas telefónicas, y, al final, con rapidez, considerando tal vez que me importunabas durante mi almuerzo, resolviste el diálogo sin muchos preámbulos y te despediste afectuosamente. Recuerdo que a mí apenas me dio tiempo a replicarte con un “hasta luego, Emilio”. Y claro, ahora comprenderás que me siento un poco como García Montero cuando escribió aquello de “nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo / con el frío de alguna palabra que no he dicho, / con un malentendido que temer”, porque, de haber sabido que esa era la última vez que hablábamos, la maldita última vez, te hubiera dicho algunas cosas más, te hubiera retenido al otro lado del teléfono con cualquier excusa barata para contarte cuatro tonterías, sólo por disfrutar un ratito más de tu amistad, pero -qué demonios- imagino que uno nunca dispone de los indicios suficientes como para presentir cuando es la última vez que va a hablar con alguien. Días más tarde, tuve correo tuyo. El primero de febrero, a eso de las ocho y media de la tarde: “(…) También informarte que ya nació ALBERTO, de mi Tulia. Fue el día 18. Está muy hermoso y los padres están superencantados y no caben de alegría (…)”. La vida que a veces nos sonríe, Emilio, mientras nos apuñala por la espalda.
Del dolor no voy a hablarte. Eso es algo demasiado íntimo como para sacarlo aquí de paseo. Voy a hablarte de perplejidad, Emilio, porque estoy perplejo. Perplejo porque hay tipos deambulando por la calle, en este preciso momento, a los que habría que tomarles el pulso para poder constatar que están vivos. Gente que ya ni respira. Y tú, en cambio, estabas muy vivo. En que todavía no era tu momento, seguro que coincidimos los dos. No vamos a discutirlo. Pero tampoco puedo pedir explicaciones a nadie porque, me digan lo que me digan, me niego a entenderlo.

Portada del número 81 de la revista Puerta de la Villa.
Sabes… tú, durante años, no fuiste para mí más que el padre de Maribel y Tulia, pero llegó la ACAG para remediar eso y, a partir de entonces, hemos sido “los amigos de Gor”, como nos gustaba bromear cuando nos daban las tantas de la madrugada corrigiendo textos o poniendo en común trabajos a través del Hotmail. “Mi vista no puede más. Mañana seguimos”. Y ese par de enunciados, que nacían de tu teclado a ciento cuarenta y dos kilómetros y trescientos metros del mío, suponían el régimen de pernocta para los dos últimos goreños despiertos sobre el planeta. Quién te mandaba a ti ser tan meticuloso (el “Genealogías” nunca se cerraba hasta confirmar sus detalles más nimios, que podían ser, pongamos por caso, el segundo apellido de una tía abuela de Mengano que viajó hasta Barcelona en el asiento trasero de una DKV aquel lejano otoño del sesenta y dos o la fecha exacta de una foto cochambrosa que habías tardado semanas en reconstruir); tan preciso (tus escritos no dejaban lugar a dudas, no generaban especulaciones, pues ya te cuidabas tú de poner negro sobre blanco exactamente lo que querías decir, sin ambigüedades, partiendo siempre de una empatía casi felina que te permitía conocer de antemano aquellas reacciones, de agrado o desagrado, que tus afirmaciones acabarían por generar en cada uno de los lectores); tan sensato (los experimentos siempre con gaseosa); y tan hechicero (acabaste por convertir una labor ardua y difícil en algo totalmente mágico, pues sabías que la revista, además de una alegría enorme para muchos de tus paisanos, suponía un aspecto fundamental para la pervivencia de todo lo que fuimos y ya nunca seremos).
Puerta de la Villa: nuestra historia: nuestra vida: en poco más de noventa páginas cada cuatro meses. Sí, Emilio, la tuya y la mía también: durante 10 años.
No voy a detenerme en enumerar todo lo que he aprendido trabajando contigo. No es cuestión de aburrir a nadie. Pero sospecho que si afirmo esto así, tajantemente, es tal vez porque tú tenías muy claro que, al escribir, siempre menos es más y que -tal y como me decías en tu último correo- “la poesía es el máximum que se puede conseguir mediante el uso creativo y elaborado de elementos del léxico, figuras literarias y estructuras lingüísticas. Pero mucho mejor si eso se construye desde la naturalidad y la mayor sencillez”. En cambio, sí me vas a permitir que te agradezca el haberme enseñado a amar a Gor. Sí, amigo Emilio. No te sorprendas. Porque amar a Gor no es sólo pasear por sus calles durante las vacaciones, sestear en sus bares, reclamar nuestros palmos de río, nuestros trozos de luna, nuestros metros de novillo. Amar a Gor es, sobre todo, hacer algo por Gor. Y de eso tú estás sobrao.
A estas alturas, ya te estaría yo diciendo: “corta ya, Emilio, que con esto a tres columnas y una foto de doce con cinco por seis con dos nos vamos a dos páginas largas”. Pero yo voy a hacer lo que tú nunca hiciste: voy a hacerme caso. Lo dejo aquí, amigo. Por ahora. Recordando que nuestra última conversación debería haber sido, al menos, como ésta, que deberíamos haber estado un ratico zamorreando a la goreña, con toda nuestra retahíla de sosquerías, nuestros chascarrillos e irreverencias. Tal vez así no tendría yo dentro esto que tengo ahora y que describe mucho mejor García Montero de lo que yo lo podré hacer jamás: “ese hueco de torpe inexistencia / que a veces, gota a gota, se convierte / en desesperación”.

Artículo publicado en la revista “Puerta de la Villa”, número 81 de abril de 2016.
Emilio Sáez ha sido, durante los últimos ocho años, Presidente de la Asociación Cultural Amigos de Gor. 
Además de buen amigo y mejor colaborador.

jueves, 14 de enero de 2016

Laberinto de secano

Pelayo retratado a traición. Martínez Clares, 2010.

Uno puede narrar la vida en el pueblo de dos maneras: la primera sería a lo Miguel Delibes en Las ratas. El pueblo como un ecosistema del que nunca se aspira a salir y desde el que se mira con recelo a quienes eligieron aventurarse extramuros de la costumbre; la segunda podría ser a lo Muñoz Molina en El jinete polaco. El pueblo como una cárcel inexpugnable que sólo se soporta si cada noche te sueñas excavando un túnel para escapar de allí.
Yo fui de los que pasé la mayor parte de mi juventud en un laberinto de secano (*) y comulgué, según épocas, con ambos enfoques, pero finalmente excavé mi túnel y me evadí dejando atrás esa otra vida que nunca llegaré a conocer. Pelayo, en cambio, decidió quedarse o, más bien, decidió regresar antes de que fuera demasiado tarde. A él -y a otros como él- el pueblo les debe mucho, aunque sospecho que nunca se lo agradecerá lo suficiente. Por mi parte, yo sí les agradezco que todavía me quede un lugar donde volver.

(*) Joaquín Sabina en Esta boca es mía (Ediciones B, 2010).

martes, 18 de agosto de 2015

Pregón San Cayetano 2015

Por José Luis Martínez Clares
Gor (Granada), 6 de agosto de 2015

Juan José Gómez presentándome antes de la lectura del pregón. Foto de Jesús Pérez Medina.

"Señor Alcalde, Señores Concejales, Señora Jueza de Paz y demás Autoridades; guapísimas Manolas; queridos familiares, amigos y paisanos.
En primer lugar, quiero agradecer al Alcalde y, por ende, a la Corporación Municipal el que me hayan elegido para leer el pregón de las Fiestas de este año. Es para mí un gran honor. Agradecer también a Juan José Gómez, la presentación que ha hecho de mí. Ha sido mucho más que generosa. Y, por supuesto, agradecer, por último, a la Asociación Cultural Amigos de Gor “San Cayetano” la posibilidad que me brindó al ofrecerme la dirección de su revista y a todas las personas que han colaborado conmigo durante estos años. Son demasiadas para nombrarlas aquí y ahora.

Un momento de la lectura. Foto de Jesús Pérez Medina.

Seguramente, a estas alturas de agosto, ya habréis escuchado el zamorreo de todos los años: “Estas fiestas hay menos gente y los toros son más grandes”. Pero aventuro que este año volveremos a estar los de siempre y, a no ser que desde la Comisión Protoros me lleven la contraria, los novillos seguirán corriendo con holgura por el emocionante callejón de la calle del hierro, una calle que nunca cede a la tristeza porque sabe que pronto llegará el verano, como bien escribe en su poema José Luis Ramírez.

Plaza Mayor de Gor. Foto Martínez Clares, 2012.

Pues bien, el verano ya está aquí para llenar de calidez las silenciosas calles del invierno y, los que conocemos la crudeza de los fríos en nuestro pueblo, la tristeza de las casas cuando se van cerrando al terminar septiembre, la pereza de los meses otoñales de ausencias y despedidas, sabemos muy bien lo que significa la llegada de las fiestas de San Cayetano, sabemos por qué en Gor el tiempo se mide de otra forma y por qué para los goreños la nochevieja siempre cae en diez de agosto.

La Bandera. Foto de Martínez Clares, 2010.

Mis primeros recuerdos de las Fiestas apenas datan de las décadas finales del siglo pasado, cuando Gor era ya una villa en consumado declive demográfico, un pueblo en el que era normal encontrar calles desiertas, en el que los parques y las placetas, a menudo, estaban vacíos, sin niños. Yo fui uno más de aquellos chiquillos afortunados que echaron los dientes en las calles de Gor; uno de esos chiquillos que tanto le deben a sus maestros de entonces; que tanto debemos también a nuestros padres, siempre preocupados de que pudiésemos prosperar, de que tuviésemos una vida mejor que la suya; uno de los que, con el tiempo, empezó a levantarse antes del amanecer para tomar en la Puerta de la Villa cualquiera de las tartanas con las que Salmerón nos llevaba al instituto; uno más de los muchos que regresaban a Gor con hambre, sueño y pocas ganas de estudiar.
Pero, pese a estas circunstancias adversas, no concibo un lugar mejor que Gor para pasar la infancia. Por aquel entonces, y gracias a la libertad que nos regalaba la vida tranquila del pueblo, forjamos amistades que llegan hasta hoy, amistades que no han sucumbido ni a la distancia ni al paso del tiempo porque cada año, por San Cayetano, recuperamos la última conversación en el mismo punto en que la dejamos el año anterior. ¿Qué son las fiestas en Gor sino un homenaje a la vida, a la libertad, a la amistad?

Los toros en el llano. Foto de Martínez Clares, 2005.

Es cierto que en Gor había poca gente y por eso esperábamos la llegada de las Fiestas con cierta urgencia. Agosto nos ofrecía las posibilidades que el resto del año nos negaba. Agosto y sus noches, claro: acordaos de vuestro primer beso, de las primeras reuniones, de la cuerva, de la alameda de Germán, del Tía Julia, de las Fuentezuelas, de vuestra noche del encierro (sí, os hablo de aquella primera noche del encierro, de la que cada uno de nosotros hemos disfrutado en su momento), del banco de la esquina de los Paseores, del miedo sordo en el callejón de la calle del Hierro. Con argumentos de esta magnitud, no es extraño que aquellos niños de los ochenta sigamos ejerciendo de goreños en todas partes, porque ya dijo Rilke que la verdadera patria de un hombre es su infancia. Y tal vez por eso mismo sigamos viniendo a Gor cada año, porque, como escribe nuestro añorado poeta Antonio Agudo, aquí tenemos nuestro trozo de acera, nuestra sombra de árbol, nuestro palmo de río. ¿No creéis que “Poeta Antonio Agudo” es un hermoso nombre para cualquier rincón de Gor?

El encierro. Foto de Martínez Clares, 2015.

Hoy, aquellos niños y jóvenes ya no lo somos tanto. La mayoría de los que esta mañana estamos en la Plaza Mayor de Gor para dar la bienvenida a las fiestas de San Cayetano, lo hacemos acompañados de nuestros hijos y para ellos reservamos nuestros mejores deseos. No sé vosotros, pero yo para mi hija sólo pido que, llegado el caso, también disfrute aquí de su primer beso, de las primeras reuniones, de una alameda que se parezca un poco a la de Germán, de la sequedad de las Fuentezuelas, del banco de la esquina de los Paseores y de su primera y legendaria noche del encierro. Creo que no es mucho pedir si pido que algún día ejerza de goreña, esté donde esté, y que cada año venga a Gor a recuperar su trozo de acera, su sombra de árbol y su palmo de río, que encuentre aquí, entre vuestros hijos, amigos inolvidables, amigos que no dependan de cualquier contratiempo estúpido, amigos que se sientan, al menos, tan goreños como ella, tan goreños como lo somos todos nosotros.

El crudo invierno. Foto de Martínez Clares, 2013.

Ya termino. Sólo me queda desearos a todos los presentes que paséis unas felices fiestas, que, si no os ha pasado ya, perdáis la cobertura de vuestros móviles en las próximas horas, que nada de lo que os suceda estos días sea virtual, que los toros no sean más grandes ni más rápidos que los del año pasado, y que la música os seduzca hasta el amanecer.
Ánimo, goreños, que ya huele a toro. Disfrutad mucho y cuidaos lo justo. Y ahora gritad todos conmigo:
¡Viva Gor!
¡Viva San Cayetano!"

Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciación (siglo XVI). Foto de Martínez Clares, 2015.

martes, 16 de diciembre de 2014

Historia de un payaso

El payaso es el poeta en acción.
Henry Miller

Siempre he pensado que la sonrisa de un payaso tiene mucho de maquillaje. Al menos lo he pensado desde que conocí a aquel payaso hace unos treinta y cinco años, uno de esos payasos decrépitos que surcaban España, de pueblo en pueblo, llevando hasta los lugares más olvidados alguna mínima novedad que despedazase nuestra rutina.
Llegó acompañado tan sólo de un mono y una vaca hindú. Entre los tres, montaron la carpa ante las miradas atónitas de niños y viejos. Después, tanteó el ambiente y los gustos locales, repartió papeles protagonistas entre los lugareños más atrevidos y, de toda esa mezcolanza, surgió un espectáculo singular que propició hasta tres funciones de fin de semana. No falté a ninguna. Entre otras cosas porque no había nada más que hacer y, por eso, pasamos allí varios días acampados con el viejo (justo al lado de nuestro colegio), protegidos por los rezos de las beatas que nos advertían de los peligros del circo al salir de misa de siete.
Recuerdo la función como amputada de un guión de Rafael Azcona: comenzaba con nuestro empresario circense llevando a cabo pésimos números de magia, regalándonos escenas saturadas de equívocos en los que el pequeño mono siempre salía triunfante o números extraordinarios en los que la vaca, descabalgada de su deidad, se comportaba como una simple vaca para nuestra sorpresa. Después, todo se volvía negociable: la sesión de cine (gracias a un lastimoso proyector vimos por primera vez El bueno, el feo y el malo); los chistes, paulatinamente más audaces; los números musicales, en los que algún paisano se atrevió a debutar por soleás en aquel improvisado escenario. Pero con todo, lo más absurdo fue un encierro que, para satisfacer los exigencias locales, nos organizó el viejo con la vaca hindú por las principales callejuelas del pueblo. Huelga decir que no hubo heridos por asta de toro. Al concluir cada sesión, se iban apagando paulatinamente las luces y, mientras los niños nos internábamos lentamente en la madrugada, le veíamos negociar otro tipo de espectáculos con algún rezagado. A ciertas horas el circo, como la noche, se hace adulto.
Cada día, al llegar a casa, me preguntaba cómo podía ese payaso desvencijado, socorrido por un mono y una vaca, sacar el circo adelante. Mi mente de niño no alcanzaba a comprender que, en realidad, durante esos días, el viejo consiguió que el circo fuésemos nosotros mismos.
Aunque a Gor llegaron otros circos, recuerdo únicamente el de aquel tipo vividor y silencioso, el del viejo crápula que desmentía en cada número al payaso de Henry Miller, el del personaje que aún actuaba, cerca de su ocaso, para sobrevivir a la decadencia y a la poesía. Porque bajo la fingida sonrisa de aquel payaso crepuscular, entre sus escombros, se ocultaba todavía la tristeza de alguien que seguramente hipotecó su juventud tan sólo para ver sonreír a los demás.
Pie de foto: Historia de un payaso. Martínez Clares, 2009.

El gran Zambini (Igor Legarreta y Emilio Pérez Pérez, 2005).

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Alimañeros

Cazaron el águila y, desplegando sus alas, la crucificaron detrás del molino. En aquellas estacas, permaneció varias semanas anticipando a las alimañas su porvenir.
No tuvieron problema en acogerse a la Ley Natural (ese tratado nunca escrito tan atroz como ecuánime) y ella dictó sentencia: hoy, medio siglo después, es difícil ver un águila en Gor, pero aún más difícil es encontrarse con un molinero.
Pie de foto: Águila. Edición de Martínez Clares, 2013.

domingo, 18 de agosto de 2013

Gente de Gor

Mi paisano Juan Manuel Agudo me dedica su libro de relatos Palabras de Invierno (Ediciones Atlantis, 2012): “A José Luis Martínez (…) un gran goreño”. Y yo, que como su hermano Antonio todavía reclamo mi palmo de río, mi trozo de acera, siento que para ser un gran goreño no basta con añorar esta tierra en la distancia.
Os diré, ahora que ninguno de mis paisanos me escucha, que para ser un goreño como es debido habría que parecerse a Pepillo, habría que largarse humildemente a Nueva York para correr su soberbia maratón y, por último, habría que sentir en silencio lo que él le dijo a María Jesús cuando lo recogió en un deshumanizado aeropuerto: “Yo soy un árbol. Si me trasplantan de Gor, me muero”.
Pie de foto: Goreños bajo la Bandera de San Cayetano. Martínez Clares, 2013.

lunes, 15 de abril de 2013

Testamento

Al poeta Antonio Agudo. In memoriam. 

Se nos ha muerto Antonio Agudo. Me lo cuentan en voz baja y yo no acabo de creérmelo, porque a las noticias que llegan desde tan lejos es más fácil no darles crédito. Apenas cuelgo el teléfono, y ya releo su antología poética. Sé que allí conviven para siempre sus últimas voluntades con su amor primero. Leo despacio para confirmar mis sospechas.
En la página sesenta y cinco, en versos breves como latigazos, dejó escrito que a Gor le toca todo lo que le pertenece por haber nacido: mi trozo de acera cuando paso / mi sombra de árbol (…), / mi salto de puente, / mi palmo de río. A ese pueblo ingrato al que regaló su infancia le deja también su caja de amor, su arco de olvido.
Antonio emigró a Barcelona hace muchos años, pero me cuentan que, ahora, a las calles de Gor han regresado el lamento turbio de las campanas y la memoria escrita de un hombre que partió siendo muy niño y que se nos ha muerto en plena madurez, indefectiblemente vivo.
Pie de foto: El poeta Antonio Agudo. Edición de Martínez Clares sobre foto de Antonio Arenas, para IDEAL de Granada.

lunes, 25 de marzo de 2013

Cenizos

Es lógico que los agoreros sigan cayendo en el descrédito, porque “lo veo todo muy negro” es una predicción que no puede deslumbrar a nadie.
Pie de foto: ¿Nevará con este tiempo? Martínez Clares, 2013.

martes, 17 de agosto de 2010

VIII Edición de la Almendra de Plata

La antológica tormenta del día 10 de agosto no pudo impedir que, un año más, la villa granadina de Gor celebrase la VIII edición de la Almendra de Plata, uno de los más importantes certámenes para novilleros de los organizados a lo largo y ancho de nuestra piel de toro. En esta ocasión, el máximo galardón recayó en el novillero murciano Antonio Puerta, de Cehegín, quien pese a su palpable inexperiencia hizo valer la mayor calidad del lote que le correspondió en suerte ante el postulante granadino Alvareño, que se fajó con bravura y buen criterio ante un ejemplar formidable de Sorando. Luego llegaron el granizo y las urgencias.
Capítulo aparte merecen las actuaciones del jaenero Juan Ortega, torero de pellizco que malogró con la espada una faena muy sugestiva, y la del vallisoletano Ricardo Maldonado, que quiso hacerlo todo como debe hacerse, pero su elegancia y pulcritud no llegaron a calar en los tendidos. Reportaje en Nómadas

viernes, 26 de marzo de 2010

Los toros en el llano

Del monte a la plaza: traslado de los toros que serán corridos en los encierros de la villa de Gor (Granada) a través de las Cañadas Reales. La multitud los acompaña con emoción contenida, a modo de liturgia procesional.
Dichos encierros de toros son destacables, puesto que existe constancia escrita de que ya se celebraban en el año 1622, gracias a esta denuncia.

lunes, 22 de marzo de 2010

La Almendra de Plata

En la plaza-castillo de la villa granadina de Gor y con motivo de sus fiestas en honor a San Cayetano, tuvo lugar la VII edición de la Almendra de Plata, un certamen de novilladas de promoción que se está abriendo hueco entre los más prestigiosos de Andalucía. La final del Certamen contó con el atractivo añadido de volver a disfrutar de la tauromaquia del maestro Francisco Ruiz Miguel, que reaparecía con motivo de la celebración de sus cuarenta años de alternativa. Cayetano Ortiz, triunfador de la edición anterior, mostró la evolución de su toreo, aunque las condiciones del novillo le privaron de un mayor lucimiento. El triunfador del ciclo fue Antonio David, novillero que conjugó garra y arte, especialmente en cuatro lances al natural que pusieron la plaza boca abajo.

jueves, 18 de marzo de 2010

Vías muertas

El ferrocarril en la provincia de Granada -especialmente en el Altiplano y su línea de unión con el Levante- fue una promesa para el desarrollo económico que nunca llegó y una vía de escape para quiénes ansiaban evadirse de un mundo anclado en el pasado. Por aquellas vías viajaron los trenes vetustos de la infancia de nuestros padres, los mismos que, como sus quebrantados sueños de progreso, aún surcan con inusitado estruendo las escombreras de una memoria que se hunde fugitivamente en el olvido.
Esta serie fotográfica supone un acicate para esos recuerdos crepusculares que muchos aún conservan del tren.
En la primera de las imágenes, aparece el Puente Chico de Gor, sustituto prematuro de otro mayor diseñado por los discípulos de Eiffel y que desapareció por una inadecuada cimentación.
En la segunda instantánea, podemos ver el puente del Hacho, obra de los mismos ingenieros. Situado entre los municipios de Alamedilla y Guadahortuna, después de agonizar durante decenios, parece haber superado el terrible trance de la negligencia administrativa.
A pocos metros del puente del Hacho, nos encontramos con la estación de ferrocarril de Guadahortuna -en los manuales ferroviarios aparece como “apartadero Guadahortuna–Alamedilla”-. Dicha estación, o lo que queda de ella, es un ejemplo del abandono en que han quedado numerosas estaciones en toda la zona. Estos espacios arquitectónicos destinados al tránsito de viajeros, protagonistas del fluir de la vida en su perpetuo devenir, han sido repoblados por una soledad incansable que se abraza al futuro como una eterna colonizadora de la esperanza.