De Bruselas, aquella cuna fugaz
en medio de una Gran Guerra; del jazz, cuya cadencia determina el ritmo
narrativo de sus textos; de ese yo
desconocido y solitario con el que ha de convivir sin altercados destacables; del
parque Güell, que aún impregna la memoria borrosa de un niño; de cronopios sin angustias, sin reloj; de
su primer exilio voluntario; de la cólera actual del exilado; de cómo alguien
que es precariamente monógamo puede amar a varias ciudades a la vez; de
laberintos, líricos minotauros y teseos despiadados; de que escribir para
lectores cómplices supone aceptar que amen tus libros o que los arrojen por la
ventana; de que alcanzar un estilo propio lleva su tiempo y es un proceso que
no siempre culmina en algo notable; de que las cosas más importantes deben
escribirse con palabras sencillas.
De todo eso y mucho más habló
anoche, durante casi dos horas, con Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo de RTVE. Porque Cortázar sigue
vivo en el más riguroso de los diferidos, tan vivo como en 1977, tan vivo como
para seguir deslizando la languidez de sus erres entre el humo de cigarros
fulminantes, como para pedir, con camaradería, únicamente el güisqui necesario,
apenas ese sorbo fantástico que ayuda a los poetas a culminar su principal cometido:
percibir el lado oscuro de las cosas.
Pie de foto: la vida, la obra y el pensamiento de Julio Cortázar en la entrevista
realizada en 1977 por Joaquín Soler Serrano. Ver la entrevista.
