Nunca leo una obra premiada hasta que consigo olvidar que ha sido premiada. Quizá no me seduzca hacer lo que imagino que deben estar haciendo miles de personas al unísono o puede que, simplemente, dude del criterio de los miembros de un jurado. Cualquier psicoanalista me insinuaría que estas rebeldías anacrónicas deben tener su origen en la subsistencia de alguna de mis perversiones adolescentes. No obstante, hay ocasiones en que los premios no consiguen decepcionarme aunque se lo propongan. Con los caballos me ocurre lo mismo. Les voy a dar dos soplos: La hermandad de la buena suerte (Fernando Savater, 2008) me ha permitido cabalgar sobre el supuesto declive de Espíritu Gentil y rememorar cómo, hace años, también conseguí despejar las incógnitas que a priori planteaba Broadway Bill (Frank Capra, 1934).
Mi padre me diría que éstas son apuestas carentes de riesgo porque sus autores siempre montan caballos ganadores. Pero un libro sin leer siempre es un secreto. Acaso una confidencia. Hagan apuestas.
Pie de foto: El mar. El tiempo. Martínez Clares, 2011.