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jueves, 19 de diciembre de 2013

Ladrones de bicicletas

A Capra, De Sica y Berlanga. Por regalarle a cada Navidad sus mejores momentos.

El Hollywood dorado nos envió un ángel para recordarnos que es bello sobrevivir a la desesperanza. No era más que un hombrecillo menudo, como cualquiera de esos hombrecillos menudos en los que nunca reparamos, pero, sin él, nuestro querido George Bailey no hubiese celebrado la Navidad cómo es debido.
Ustedes saben perfectamente que Clarence aún no había ganado sus alas y que se encontraba en Bedford Falls, a más de seis mil kilómetros de aquí. Esa adversidad fue la que le impidió llegar a tiempo de guiar a Plácido en su desventurado itinerario por la Nochebuena. Afortunadamente, teníamos a Berlanga -otro tipo que aún espera sus alas-, y por él supimos que los pobres de espíritu disfrutamos de la magnanimidad de las élites cuando nos tenemos que enfrentar a nuestras tentaciones más mundanas.
Aún así, sospecho que, aunque se encontró con los más variopintos benefactores navideños, a Plácido sólo le faltó el llanto pedagógico de un niño para acabar convertido en un perfecto ladrón de bicicletas. Pero esa es otra historia, porque el neorrealismo no cree en los ángeles y a los georgebaileys del mundo jamás les concederá un respiro. Ni siquiera en Navidad.
Pie de foto: Cartel de “It's a Wonderful Life” de Frank Capra (RKO, 1946).

jueves, 26 de septiembre de 2013

Las profundidades de Comala

Escribe Jorge Volpi en su prólogo a Pedro Páramo (Bibliotex, 2001) que la primera línea de la novela nos anticipa una obra maestra. Y a mí se me hiela la sangre cada vez que leo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. ¿Cómo se puede concentrar en este puñado de palabras toda la aridez de un pasado, todo el desasosiego ante lo que está por llegar?
Dejen que les diga que, con esta línea voluptuosa y sencilla, también podría comenzar cualquiera de los westerns legendarios, porque el Pedro Páramo de Rulfo se parece a un western al que le han arrebatado todas sus piezas; un western de muchas historias apenas sugeridas, historias que todo el mundo conoce pero que todo el mundo calla, y que va escribiendo el propio lector conforme lo lee; un western por el que desfilan, sin disimulo, el Peck de Duelo al sol y el Heston de Horizontes de grandeza; un western en el que, a poco que le demos carta blanca a nuestra imaginación, se vislumbra la perplejidad de Stewart mientras cree liquidar a Liberty Valance; en definitiva, un western de Ford, sin Ford.
No creo que a Juan Rulfo le importase mucho que esta novela de novelas a mí se me antoje un western perfecto, porque lo verdaderamente maravilloso de su narrativa es ese conjunto de historias que se relatan las unas a las otras en soledad, y la cotidianidad irrespirable que nos regala, prodigiosamente, con la canícula de agosto.
Pie de foto: Cartel de El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962).