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viernes, 10 de febrero de 2017
jueves, 19 de diciembre de 2013
Ladrones de bicicletas
A Capra, De Sica y Berlanga. Por regalarle a cada Navidad sus mejores
momentos.
El Hollywood dorado nos envió un
ángel para recordarnos que es bello sobrevivir a la desesperanza. No era más
que un hombrecillo menudo, como cualquiera de esos hombrecillos menudos en los
que nunca reparamos, pero, sin él, nuestro querido George Bailey no hubiese
celebrado la Navidad
cómo es debido.
Ustedes saben perfectamente que Clarence
aún no había ganado sus alas y que se encontraba en Bedford Falls, a más de
seis mil kilómetros de aquí. Esa adversidad fue la que le impidió llegar a
tiempo de guiar a Plácido en su desventurado itinerario por la Nochebuena. Afortunadamente,
teníamos a Berlanga -otro tipo que aún espera sus alas-, y por él supimos que
los pobres de espíritu disfrutamos de la magnanimidad de las élites cuando nos tenemos
que enfrentar a nuestras tentaciones más mundanas.
Aún así, sospecho que, aunque se
encontró con los más variopintos benefactores navideños, a Plácido sólo le
faltó el llanto pedagógico de un niño para acabar convertido en un perfecto
ladrón de bicicletas. Pero esa es otra historia, porque el neorrealismo no cree
en los ángeles y a los georgebaileys
del mundo jamás les concederá un respiro. Ni siquiera en Navidad.
Pie de foto: Cartel de
“It's a Wonderful Life” de Frank Capra (RKO, 1946).
jueves, 26 de septiembre de 2013
Las profundidades de Comala
Escribe Jorge Volpi en su prólogo
a Pedro Páramo (Bibliotex, 2001) que
la primera línea de la novela nos anticipa una obra maestra. Y a mí se me hiela
la sangre cada vez que leo: “Vine a
Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. ¿Cómo
se puede concentrar en este puñado de palabras toda la aridez de un pasado,
todo el desasosiego ante lo que está por llegar?
Dejen que les diga que, con esta
línea voluptuosa y sencilla, también podría comenzar cualquiera de los westerns
legendarios, porque el Pedro Páramo de
Rulfo se parece a un western al que le han arrebatado todas sus piezas; un
western de muchas historias apenas sugeridas, historias que todo el mundo conoce
pero que todo el mundo calla, y que va escribiendo el propio lector conforme lo
lee; un western por el que desfilan, sin disimulo, el Peck de Duelo al sol y el Heston de Horizontes de grandeza; un western en el
que, a poco que le demos carta blanca a nuestra imaginación, se vislumbra la
perplejidad de Stewart mientras cree liquidar a Liberty Valance; en definitiva,
un western de Ford, sin Ford.
No creo que a Juan Rulfo le
importase mucho que esta novela de novelas a mí se me antoje un western
perfecto, porque lo verdaderamente maravilloso de su narrativa es ese conjunto
de historias que se relatan las unas a las otras en soledad, y la cotidianidad
irrespirable que nos regala, prodigiosamente, con la canícula de agosto.
Pie de foto: Cartel de El hombre que mató a Liberty Valance (John
Ford, 1962).
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