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martes, 19 de febrero de 2013

Cómo añorar un libro

Los libros de poesía se leen en un momento que puede durar casi toda la vida. Están por todas partes, siempre al alcance de la vista. Los he encontrado abatidos sobre la mesita de noche, relegados en los anárquicos estantes de un pasillo, olvidados junto a ese televisor siempre mal apagado. Uno pasa junto a ellos y recae. Los abrimos despacio, al azar, y descubrimos que es muy fácil recuperar su pulso.
Con la poesía se convive porque nunca se marcha del todo. En cambio, conozco novelas que se han largado sin dar demasiadas explicaciones. Un día cualquiera, de repente, se acaban con brusquedad, como si cayesen presas de algún giro paradójico de la historia, y nos dejan torpemente agarrados a un rastro que se va disolviendo entre otros rastros de la memoria. Nos quedamos con un libro ya callado para siempre en las manos, igual que aquella mujer de la habitación de un hotel de Hooper. Pero no hay remedio para el hombre que lucha contra el paso de los días y, con los años, se nos plantea la disyuntiva de volver sobre el relato y comprobar cómo ha tratado la vida a sus personajes. No me negarán que eso puede acarrear sus consecuencias, pues ¿quién no teme ensuciar el recuerdo de una historia que ya hemos sacralizado en la distancia? Quizás sea entonces cuando intuimos que es preferible añorarlas. Añorarlas del mismo modo que estoy añorando a Judith Biely o a Sophie Gottlieb, añorarlas igual que añoro a otros muchos personajes que se fueron de puntillas y juraron no regresar jamás.
Pie de foto: Habitación de hotel. Edward Hopper, 1931.