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viernes, 3 de agosto de 2012

Mundo de locos

La única vocación que tuvo Jaime Gil de Biedma fue la de alcanzar la felicidad. 
Tal vez -objetivamente hablando-, felices sólo puedan ser los que están un poco locos, aunque sus ojos irradien aquellas pequeñas amarguras que antes se quedaban prendidas al sueño tenebroso de los niños. 
Es común que el más cuerdo del lugar sea un loco que pasa el día encubierto por sus corduras momentáneas o que los más juiciosos coqueteen de vez en cuando con la locura, aunque sus caminos sean terribles y conduzcan a lugares que nadie quiere conocer. 
Ellos, los más locos, parecen vivir despreocupadamente, sin clientelismos ni servidumbres, quizá porque no dependen de la amabilidad de los extraños, como le sucedía a Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo
Dicen que a los locos es mejor recordarlos de noche y hoy he recordado a aquel loco de mi infancia. A él -que es un loco entrañable- todo le importaba un bledo, pero no soportaba que le reprochasen su manera de vivir. Cuando caía la tarde, en la fuente, los ancianos que sesteaban a la sombra le afeaban su conducta:
-¡Qué bien vives, José! 
A lo que éste, sobrecogido por la insolencia, respondía indignado: 
-Pues vive tú igual. 
Pie de foto: Cary Grant, Josephine Hull y Jean Adair coqueteando con la locura en “Arsénico por compasión” (Frank Capra, 1944). Edición de Martínez Clares, 2012.