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viernes, 30 de enero de 2015

A no ser que ya estés muerto

Tiene razón Neuman: el español es un idioma que le queda grande a España. Lo dice sin ánimo de ofender pero con la suficiente insolencia como para que nos lo planteemos, porque para eso escribe sus barbarismos, para darnos una bofetada de bendita realidad, una bofetada que no duele lo suficiente porque se da con cierta ironía, una bofetada de las que te hacen sonreír a no ser que ya estés muerto.
Llegó acompañado de Miguel Ángel Muñoz. Abrazos, sonrisas, cruces de miradas. Te conozco. Te recuerdo. Una vez jugué contigo al billar. Fue después de aquella lectura. Hace mil años o ayer, en una ciudad parecida a esta, porque todas las ciudades se parecen un poco al anochecer, después de la Poesía. Se diría que la gente que se cruza con Neuman se queda un poco en Neuman, apresada fugazmente en imágenes también fugaces, ecos de mil lugares que, ensamblados, conforman una memoria portentosa, una memoria que nunca se rinde a no ser que ya estés muerto.
Neuman, mientras lee, mira a su público porque su público también le mira, y la mirada, cuando se comparte, es el lenguaje más universal. Once años después regresa a Una vez Argentina (Alfaguara, 2014). Revisada. Reescrita. Ampliada. Devuelta a la vida, porque los libros no deberían cerrarse nunca, deberían seguir creciendo mientras su autor tenga algo que añadir, y siempre hay algo que añadir a no ser que ya estés muerto.
Neuman es un tipo sorprendente, un pequeño genio maligno que borda y desborda el lenguaje, que a nadie deja indiferente. Ácrata, imprudente y agudísimo, absolutamente heterodoxo -qué precisa descripción de Amalia Bulnes-, de niño creía vivir en un cuento de Cortázar, creía que la famélica puerta de su hogar separaba los dos mundos conocidos, Argentina y España, memorias fronterizas en una niñez transatlántica, escenarios delimitados tan sólo por los enormes centímetros que también separan el norte del sur, el hambre de la opulencia, o la verdad de la mentira. La puerta que nos separa de la otra parte de nosotros, esa que todos ocultamos a no ser que ya estés muerto.
Neuman, Muñoz, Quirosa-Cheyrouze, Herrezuelo, Iglesias. Salimos de la Villaespesa sin tener claro dónde sorprenderá la noche a los poetas -cómo puede saber alguien que es poeta, cuáles son los indicios que le empujan hacia esa certeza-. Lennon es un mito. McCartney era el verdadero artista. Con la luz, arriamos también las pocas banderas que nos quedan y, en medio de la despedida, Andrés le pide prestados unos cuantos centímetros a Juan, unos pocos solamente, los precisos para poder mirarle a la cara. Acuerdan que los plazos de entrega sean anuales, lo que igualaría sus alturas al cabo de unos pocos años. Ambos, sin proponérselo, acaban de escribir un cuento frágil, perfecto, un cuento que tal vez nadie depositará sobre un papel. Alguien nos recuerda que se hace tarde para casi todo. Les dejo prestándose esos centímetros de más, o de menos, y me pregunto quién podría negarse a tomar unas copas con esos tipos. Quién. A no ser que ya estés muerto.
Pie de foto: Presentación en la Biblioteca Francisco Villaespesa de Una vez Argentina (Alfaguara, 2014). Andrés Neuman y Miguel Ángel Muñoz, durante la lectura.

La magia de las palabras, entrevista a Andrés Neuman.

miércoles, 17 de abril de 2013

Neuman

Cuando uno se plantea que en Literatura todo está hecho, que escribir pudiera ser una manera pretenciosa de hurgar en la misma herida de siempre, llega alguien con la suficiente lucidez como para desmentir mis suposiciones.
Odio que me lleven la contraria, pero anoche le habría dado un abrazo a Andrés Neuman de haberlo tenido cerca. Al menos a este Neuman que no sabe el porqué. El Neuman divertido que suele responderse con más preguntas.
Pie de foto: No sé por qué y Patio de locos.

martes, 19 de febrero de 2013

Cómo añorar un libro

Los libros de poesía se leen en un momento que puede durar casi toda la vida. Están por todas partes, siempre al alcance de la vista. Los he encontrado abatidos sobre la mesita de noche, relegados en los anárquicos estantes de un pasillo, olvidados junto a ese televisor siempre mal apagado. Uno pasa junto a ellos y recae. Los abrimos despacio, al azar, y descubrimos que es muy fácil recuperar su pulso.
Con la poesía se convive porque nunca se marcha del todo. En cambio, conozco novelas que se han largado sin dar demasiadas explicaciones. Un día cualquiera, de repente, se acaban con brusquedad, como si cayesen presas de algún giro paradójico de la historia, y nos dejan torpemente agarrados a un rastro que se va disolviendo entre otros rastros de la memoria. Nos quedamos con un libro ya callado para siempre en las manos, igual que aquella mujer de la habitación de un hotel de Hooper. Pero no hay remedio para el hombre que lucha contra el paso de los días y, con los años, se nos plantea la disyuntiva de volver sobre el relato y comprobar cómo ha tratado la vida a sus personajes. No me negarán que eso puede acarrear sus consecuencias, pues ¿quién no teme ensuciar el recuerdo de una historia que ya hemos sacralizado en la distancia? Quizás sea entonces cuando intuimos que es preferible añorarlas. Añorarlas del mismo modo que estoy añorando a Judith Biely o a Sophie Gottlieb, añorarlas igual que añoro a otros muchos personajes que se fueron de puntillas y juraron no regresar jamás.
Pie de foto: Habitación de hotel. Edward Hopper, 1931.

lunes, 7 de mayo de 2012

Hacerse el muerto

Alguien les ha dado otra vuelta a las agujas de mi reloj. Las horas, los días, los años me conducen desaforadamente hacia lo desconocido.
Nunca descansa el paso del tiempo y sospecho que nadie sabría explicarme por qué la muerte está presente en todos los libros.
Esta mañana, me han regalado uno que promete.
En él se esconden varios cuentos firmados por Andrés Neuman. Sin llegar a abrirlo del todo, ya me ha proporcionado una idea: puede que, a partir de ahora, merezca la pena hacerse el muerto de vez en cuando. 
Pie de foto: Cumpleaños feliz. Martínez Clares, 2012.

lunes, 31 de enero de 2011

Los días por venir

Convengamos que la Historia fuera un viaje que estamos haciendo y que otros ya hicieron con anterioridad. Luego, recurriendo a un malabarismo argumental, se podría especular que los augures terminarán por asociarse con los historiadores.
¿Me la juego si vaticino que son pocos los que tienen prisa por llegar a la última escala de ese viaje?
A los más reticentes, Clint Eastwood -que más que un cineasta es ya un personaje histórico- nos propone un itinerario técnicamente sobrenatural que conduce Más allá de la vida (Hereafter, Malpaso Productions 2010).
En la butaca contigua, un poeta desaprensivo me sugiere que viaje despacio para que los sueños me duren más.
Modero la velocidad y sueño con Sophie Gottlieb.
Puede que todavía no haya hecho historia, pero Andrés Neuman sabe desandarla hacia delante. En El viajero del siglo (Premio Alfaguara de Novela 2009), nos augura la Restauración que ya regresa.
Pie de foto: Geometría de un apeadero. Martínez Clares, 2008.

lunes, 17 de enero de 2011

Maggie Murdoch y el pensamiento único

Andrés Neuman me cuenta cómo viajar sin ver.
El ex dictador Duvalier regresa a Haití. El ex dictador Ben Ali abandona Túnez. ¿Acaso es la tiranía una destreza transitoria?
Ellos nunca han leído a Neuman.
Anne Hathaway tampoco, aunque se muestre tiernamente lasciva en Love and other drugs, la última e irregular propuesta del director Edward Zwick.
Alguien me apunta que las pequeñas tentaciones pueden llegar a ser grandes tiranías.
El libro me gusta demasiado. Lo aparco transitoriamente.
Estimado Andrés: empiezo a pensar que la magnanimidad no es más que uno de los mayores inconvenientes del pensamiento único.
Pie de foto: Pensamiento único. Martínez Clares, 2008.