José Ignacio Lapido y José Antonio García. Martínez Clares, 2016.
Por Raymond Chandler sabemos que Los Cero, si nadie lo remedia, van a
dormir el sueño eterno. Pero me temo que no estarán solos en este nuevo
menester, como tampoco lo han estado durante la resurrección del 2016, una
resurrección que ha resultado multitudinaria ya que los muertos éramos más de
los esperados. Cada resucitado sabe lo que le conviene y ellos, Los Cero, se han quedado entre nosotros
hasta que llegó su hora, ocultos tras las brumas iniciales de The man with the harmonica, cargando sus
armas de adrenalina y rock and roll, afilando versos entre bambalinas mientras
en la sala sus adeptos ya entonaban una última canción para el espantapájaros.
La música se agarra a la
juventud: la música con su parafernalia de cueros y greñas, de tupés y
litronas, de sueños quebrantados y resaca; la música que es la argamasa de la
tribu, que diseña sus vestiduras, sus leyendas y sus vicios sin ánimo de crear
tendencia, que se cuela en la mirada de sus adeptos, en sus ojos desafiantes de
animales apaleados; la música con tanta prisa por vivir, tan marginal y tan
efímera. Y sin embargo, sigue aquí, con nosotros, ella que nunca quiso
perdurar, sonando incansable en nuestra memoria.
Tal vez sea el único culpable,
pero no me arrepiento: a la música tengo que buscarla en las fotos antiguas porque
lo que vino después ya no me parece música como tampoco me parece juventud. Mírenlas
detenidamente porque ahí estamos los jóvenes de antaño. Es Cierto. No se dejen
engañar: son ellos, los 091, pero podríamos haber sido cualquiera de nosotros;
cualquiera de los chavales que nacimos en una dictadura y crecimos en libertad
sin saber muy bien qué hacer con ella; cualquiera de los presuntos rebeldes que
nos expandimos como una plaga por las ciudades y los pueblos a golpe de Discoplay, presos vertiginosos de una
libertad vertiginosa, tan progresiva como el rock de los 70, tan fascinante que
llegó a atraparnos sin remedio. Y ahí seguimos. Entre músicas. Recordando lo
que ya nos advirtió Bob Dylan cuando dijo que nadie es libre, pues hasta los
pájaros están encadenados al cielo.
Pie de fotos:
1. José Antonio García y José Ignacio Lapido en "Granada es
posible", foto de Juan Jesús García.
2. Las fotos son del año 1982 y están sacadas en la puerta del bar
Santa María (calle Almona de San Juan de Dios, en Granada), justo enfrente del
callejón que llega hasta el instituto Ángel Ganivet, que en aquellos tiempos
era sólo de niñas. El Instituto Padre Suárez, que también está cerca, era donde
estudiaban Tacho González y José Ignacio Lapido, y era sólo de chicos.