¡Ah, la libertad de cátedra!
Dicen que los maestros somos unos salteadores de caminos.
Es cierto que nos ocultamos en la jungla de las ideas, pero nos obligan a declarar qué pretendemos, cómo lo llevaremos a cabo y cuándo daremos el golpe.
Así, es imposible atracar un cerebro.
Ahora que todo empieza de nuevo, me meto en la piel del coronel Aureliano Buendía. Si alguien me preguntase por qué sigo peleando, le respondería: “Apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo”.
Pie de foto: Los niños de Frank Capra. Martínez Clares, 2010.
En mi blog hay un premio para ti....recogelo si quieres
ResponderEliminarUn abrazo...y gracias por recordarme a "cien años de soledad"...mi novela favorita
A decir verdad, el orgullo es casi lo único que os han dejado a maestros y profesores.
ResponderEliminar¡A pelear! :-)
Un abrazo.
MJ: A ver si los niños apelan al orgullo y se esfuerzan algo. Eso ayudaría. Abrazos
ResponderEliminarJuanjo: muy agradecido por el premio. Ya lo he recogido en tu blog. Por otra parte, creo que "Cien años de soledad" y "Crónica de una muerte anunciada" son dos de las novelas más importantes del siglo XX. Desde ellas, nada ha sido igual. Abrazos.
ResponderEliminarme alegro que puedas ocntinuar esa lucha..yo dejé la Universidad (amaba dar clases) porque la libertad de cátedra era una mentira a manos de seres enjaulados en sus cerebros
ResponderEliminarEl orgullo es muchas veces lo que nos hace seguir dando la cara en la lucha, aunque nos la partan...
ResponderEliminarCien años de soledad mi novela.
Besos desde el aire
Joaquín: el poder siempre adoctrina. En cambio, un maestro debería ponerlo todo en tela de juicio. Su labor debería ser parecida a la de una prensa libre. Saludos cordiales
ResponderEliminarRosa: tienes un tesoro de novela. Besos
ResponderEliminarEl orgullo nos hace alejar de todo.
ResponderEliminarBesos.
Carla: a veces, el orgullo es la única medicina posible, pero tiene numerosas contraindicaciones. Las victorias del orgullo son siempre pírricas. Besos.
ResponderEliminarMilllll gracias por vuestrea preocupacion.Aun no puedo leeros,ahora peor que antes,pero si quiero pasarme a daros las gracias a cada uno de vosotros.Millllll gracias con el corazón,sois todos un amor
ResponderEliminarLa enseñanza en los tiempos de la cólera necesita de grandes dosis de ese impagable orgullo que los padres agradecemos tanto. Abrazos.
ResponderEliminarMidala: ya pronto nos podrás leer. Ánimo. Abrazos
ResponderEliminarJuan: todo escritor es un docente, aunque no ejerza. Abrazos
ResponderEliminarRetirado a mis cuarteles de invierno, este maestro jubilado observa con melancolía como la docencia enarbola el orgullo, es decir, la decencia, en legítima defensa, desde Macondo a la incierta Arcadia del presente. Permaneceré vigilante desde la atalaya de mi edad provecta. Y si hay que bajar, bajo: Ahí estaré con vosotros. Somos herederos de los que pasaban la hiriente hambre comparativa.
ResponderEliminarUn abrazo y ánimo, compañero
Miguel: fue en Neerlandia donde el coronel Aureliano Buendía firmó las capitulaciones. No estaba derrotado, pero sí hastiado de tanta lucha. Treinta y dos guerras son muchas guerras. Con el tiempo, ya en la vejez, fue consciente de su error. Él no dispuso de tiempo para rectificar. Nosotros aún podemos regresar a Neerlandia y rectificar. Saludos.
ResponderEliminarGracias, amigo José Luis, por su generoso comentario. De verdad cree que hay palabras efímeras?
ResponderEliminarUn gran abrazo desde Madrid.
Antonio: un honor y una satisfacción encontrarte en estas páginas. Tu presencia hace menos efímero lo que aquí se escribe. Abrazos.
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